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Filosofía y letras


De la SCOP a la UNAM eran treinta minutos, en promedio. Tomaba una ballena en la avenida Universidad, frente a la glorieta de la SCOP, que se iba derecho hasta la escuela de lenguas de CU, donde empezaba ciudad Universitaria, ahí me bajaba y caminaba más o menos un kilómetro de jardines y edificios que emergían en el ondulante paisaje de lomas verdes, hasta el estacionamiento de la facultad de Filosofía y Letras.
El año de mi ingreso a la UNAM (1976) todo era nuevo para mi, recién llegado de un pueblito de veinte mil habitantes. Mi hermano Jaime me acomodó en la extinta Dirección de Telecomunicaciones como “oficial administrativo”, el sueldo era paupérrimo pero suficiente para un muchacho como yo, que viviría un año de agregado familiar Antonio y Martha. Se trataba de la oficina de Cobranzas, a la que pronto me adapté y combiné sin problemas con la universidad. En la mañana trabajaba mecanografiando oficios y revisando expedientes para encontrar adeudos, y en la tarde asistía a una exótica carrera llamada Estudios Latinoamericanos en la facultad de filosofía y letras. Nos daban clase varios exiliados argentinos que con toda seguridad no se acordarán de mí, como yo no me acuerdo de casi ninguno de ellos. Eran enérgicas argentinas enflaquecidas por sus dramas a quienes se les saltaban las venas en el cuello, enfáticas en su característico acento austral “¿no es cierto?” Había algunos sabios mexicanos como uno que nos obsequió una clase de historia de la colonia en México. Era un gran placer escuchar tanta sabiduría. El profesor era un anciano venerable –y seguramente importante- al que se le cerraba un ojo al hablar y, por momentos, en aquellas noches que caían a plomo en la Ciudad Universitaria, como que se quedaba dormido por instantes para regresar después con otra perla novohispana. Había una pequeña argentina que decían que era la novia de Leopoldo Zea (nuestro gurú, aunque de la Facultad de Economía, donde era director de Estudios Latinoamericanos. Ya para entonces eran bastante mayores.), muy ordenada y didáctica que nos repitió muchas veces una anécdota que nunca pude olvidar: “en Filipinas le dicen mangos mexicanos a los mangos de manila”. Cada vez que me como un mango de manila me acuerdo de ella. Y de una planta de maestros jóvenes y no tan jóvenes que nos hicieron leer, en interminables cursos de metodología de las ciencias, a Mario Bunge y toda la caterva de metodólogos y marxistas doctrinarios, que nos enseñaron exóticas argumentaciones que presuntamente aseguraban su carácter científico en el estudio de la historia, la antropología y la sociología. Un especie de código que nosotros los estudiantes repetíamos y ellos nos aprobaban con un diez. Con las venas abiertas por la indignación del colonialismo gringo y europeo –sobre todo el gringo, que nos cala gacho a los mexicanos-, pasaron aquellas tardes académicas sin un destino cierto y con muchas actividades extracurriculares que yo tenía que hacer debido a mi reciente llegada, entre ellas, conocer la ciudad más grande de Latinoamérica, conocer a mi novia, hacerme cargo de mi ropa, de mi comida, de mi vida, para lo que, huelga decir, no venía en lo más mínimo preparado. La UNAM, por lo tanto, era necesariamente un sitio de tránsito, una preparatoria conveniente para aquel imberbe joven que se enfrentaba apenas a la responsabilidad individual. Seis semestres que en realidad fueron tres años formativos para aprender a vivir en la ciudad. Para aprender a amar a una mujer. Aprender a pensar, a cuidarme.

Uno de los recuerdos más agradables de la UNAM es mi participación en un maratón de conciertos de rock a lo largo de una semana donde unos doscientos estudiantes, hartos del marxismo, nos dimos una encerrona en el auditorio Ché Guevara a ver cinco clásicos del cine de rock en la que figuraban Woodstock, Janis Joplin, Monterrey Pop y otras dos que no recuerdo y a la mejor ni vi. Metimos botellas de licor y el dulce aroma de la mota afloraba de tarde en tarde en los rincones oscuros del auditorio, también llamado Justo Sierra. Había camaradas acostados en el podio literalmente apantallados con un Jimi Hendrix de veinte metros que se quería comer su guitarra. Y otras cosas con las que me quedé de aquella facultad. El café con canela del puesto de comida, los pasillos vacíos con sus ladrillos interminables, las noches con eco, las visitas afortunadas de Sabater, Trías, el demente genial de Arreola, que se paseaba con un traje verde caramelo que contaba con capa, el paisaje desde los salones que dan a las famosas islas, con sus árboles y su césped.

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