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Justo recuerdo


Como dos de mis hermanos, estudié la secundaria y la preparatoria Justo Sierra en el lejano Moc. Justo Sierra era entonces simplemente un nombre. En las clases de música el profesor Carrillo nos hacía cantar un largo y sinuoso himno en su honor, que empezaba así: “Justo Sierra, maestro inmortal, en la América todos te aclaman…” Con el curso de los años y el interés por la historia, don Justo se ganó, con justicia, otra dimensión en mi humilde criterio.

Fue uno de los personajes más simpáticos, útiles y prolíficos del Porfirismo. Campechano –en su doble acepción-, llegó a posiciones de mucho poder y decidió cosas indelebles en la educación mexicana; acertó y erró; fue porfirista hasta las cachas y a pesar de ello don Justo no tiene historias tenebrosas tras de sí. Es uno de esos políticos inteligentes gracias a los cuales México sigue siendo un país; seres que han formado patria, estilos de gobierno, moral pública. Un hombre que creyó en la inteligencia humana, en la ciencia, al grado de que fue el primer funcionario público que vio el país desde las alturas, al treparse, contra la opinión de sus ayudantes, al primer globo aereostático lanzado desde los llanos de Balbuena.
Justo Sierra nació un día 26 en la blanca Campeche capital, fue eminente maestro en la preparatoria, magistrado, diputado, diplomático, ministro de Instrucción Pública y profuso escritor de historia y educación, que editarlo, costó a la Universidad Nacional 12 voluminosos tomos. Hoy cumpliría ciento veinticinco años de edad, cosa que no le deseamos ni a don Justo ni a nadie.

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