Ir al contenido principal

El aracataquense


Hace dos o tres meses leí nuevamente Cien años de soledad, que había leído prácticamente en mi adolescencia. Volvió a encantarme, pero ahora entendí las razones que hacen de esa novela un libro universal (como nos gusta llamar a lo mundial), pues la sencilla y retorcida historia de los Buendía de Macondo, en sus elementales ciclos de rutina vivencial, en realidad podrían ocurrir en cualquier parte del mundo. O casi. Esta ubicuidad, creo, es la que convierte a esta novela en universal.

Me quité, también, algunos mitos personales que equivocadamente repetí durante muchos años, como el que todos los personajes se llaman Aureliano Buendía. Si bien existen 12 personajes con el nombre de Aureliano, sólo uno es directamente Buendía, y corresponde al segundo hijo de José Arcadio y Úrsula Iguarán, aunque probablemente la mayoría se apelliden así, no se sabe. En cambio, hay cuatro personajes llamados José Arcadio Buendía, y uno más, llamado José Arcadio Segundo Buendía.

Este día Gabriel García Márquez cumple 81 años de edad, en una larga vida muy bien vivida que inició en Aracataca, Colombia, en 1928. Gabo, como lo llaman allá, tuvo la capacidad de conjugar la minuciosa descripción de la realidad rural colombiana con mecanismos fantásticos e ilógicos. Los críticos, en su prurito por etiquetar, llamaron a esta novedad el Realismo Mágico, que, aunque ha tenido innumerables seguidores, no es insensato pensar que nació con García Márquez y murió con él, pues hasta el propio escritor se ha separado de esa fluidez fantasiosa, representada en la prosa por caballos de cien años, cabelleras de veinte metros, barcos en penthouse y fantasías afines, poco convincentes en nuestra realidad de nuevo milenio y su sorprendente Internet.

De cualquier forma, la obra de García Márquez está llena de sabor latinoamericano, siendo ya parte de nuestra cultura. Cien Años de Soledad será un libro legible (y maravilloso) en cualquier época de la historia.


Comentarios

Entradas populares de este blog

El Tentzo

El taller de la FEEP de Tzicatlacoyan, con financiamiento de la ONG española Ayuda en Acción, concluyó su escultura de papel maché con la representación del Tentzo, figura mítica de origen prehispánica situada en la parte alta del kiosco de la plaza principal de la comunidad de San Juan Tzicatlacoyan, Puebla. De acuerdo con la investigadora Antonella Fogetti ( Tenzonhuehue: El simbolismo del cuerpo y la naturaleza ), El Tentzo es una entidad “mitad dios y mitad no”, deidad antigua intrínsecamente buena, dadora de dones, que de acuerdo a la tradición tiene la facultad de asumir diferentes apariencias: catrín, charro, viejo barbón, anciana, mujer hermosa o animales diversos, que también podría ser interpretado como el famoso nahual o entidad similar. Hoy todos niegan venerar al Tentzo, pero las ofrendas periódicamente depositadas en su honor refieren todo lo contrario. Es una suerte de deidad negada pero viva, vigente. El Tentzo, cuyo nombre ostenta una montaña y la propia cordi...

Tratado de Bucareli

Tras haber cumplido tres años de gobierno, el 31 de agosto de 1923 el gobierno de Álvaro Obregón consigue reanudar las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, de vital importancia para su gobierno, pero con una condición: la firma de un tratado que el senado mexicano había rechazado en primera instancia, pero que las presiones del gobierno y el asesinato del senador Fidel Jurado obligan a dar un viraje y aceleraron su aceptación. Durante años busqué el texto completo de este tratado que en la universidad nos había sido contado de manera inexacta. Ignoro las razones que suscitaron esa versión, que entre muchas escandalosas cláusulas reasaltaba una en la que se prohibía a México la producción de motores de combustión interna que prácticamente paralizaban el principal avance tecnológico de las primeras décadas del siglo XX. Como era de esperarse, neceé durante varios años y hasta pulí mi argumentación pues era un elemento clave a mi parecer para explicar el enanismo tecnológico de...

Resortes ocultos

Cuando estudiaba en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), en los años ochenta, Octavio Paz se atrevió a emitir unos juicios críticos sobre los antropólogos, la escuela en su conjunto reaccionó con indignación, incapaz de meditar en las palabras del escritor. Lo llenamos de vituperios y lo menos que le dijimos fue que era un aliado de Televisa, vocero de la derecha y cosas por el estilo. Muy pocos o ninguno leyó críticamente sus argumentos, por desgracia. Recuerdo que, entre lo más hiriente, Paz decía que la escuela se había convertido en una pasarela de modas de una clase media hippiosa y que todo se discutía ahí, menos la antropología mexicana. Yo terminaba entonces la carrera y buscaba afanosamente quién me dirigiera la tesis de, por cierto, antropología mexicana. No encontré ningún maestro interesado, ni ahí ni el Ciesas, donde por supuesto había algunos estudiosos del tema, pero que no tenían tiempo para un estudiante de licenciatura. Me dediqué entonces a ver a nu...