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Una muerte iluminadora


Cuando yo tenía unos ocho años murió el dueño de la estación de radio de Témoc y por esa razón se suspendió la transmisión de música comercial durante todo un día. Ahí, normalmente, escuchábamos cumbias colombianas y baladistas españoles y argentinos, de Leo Dan a Rocío Dúrcal; escuchábamos música mexicana de Armando Manzanero, Juan Torres y Carlos Lico, pero este día la programación, en señal de duelo, interpretó sólo música clásica, que aquel niño salvaje del desierto, ni en sus más descabelladas fantasías, habría podido imaginar.

Me senté extasiado en un sillón de la sala y escuché, por horas, la insólita presencia de una música muy hermosa e inadvertida ¿cómo era posible que existiera algo tan bello y tan desconocido? En aquel Témoc de los años sesenta todo era posible.

En uno de sus pasos por la sala mi padre me aclaró que la hermosa pieza que escuchaba tenía por nombre Claro de Luna, y pertenecía a un músico muy antiguo llamado Beethoven. No me aprendí su nombre de inmediato, ni de mediato. Pero Claro de luna quedó fijada en mi memoria como el nombre de un día en que una muerte fortuita me enseñaría el placer de lo desconocido. No era sólo la música lo que se aparecía en mi árida visión del mundo, sino el misterio mismo de lo que seguía. ¿Qué más hay?, me interrogué. ¿Cuántas cosas existen tan hermosas y tan desconocidas?

Beethoven muere el 26 de Marzo de 1827

Escucha Claro de luna, aquí: http://www.youtube.com/watch?v=vQVeaIHWWck&NR=1

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