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Casi menonita


De mi niñez, no quiero abusar con el pretexto de la literatura y ensartarte la historia detallada de un niño montaraz y silvestre que creció en un pueblito llamado Cuauhtémoc, en el noroeste de la capital de Chihuahua. Treinta mil habitantes en un pueblo próspero y billetudo, pues estaban ahí –y están- los menonitas que dejó colonizar Álvaro Obregón desde 1924. Crecí en una magnífica familia llena de tíos y primos reunidos en torno a la pareja de unos abuelos con personalidad exuberante, que eran el centro de nuestras vidas. Leopoldo murió cuando yo tenía nueve años y fue un fantasma inaudito para la mitad de los primos –éramos 32-, que nacieron después. Un mito que hasta hoy los llena de melancolía y una presencia muy importante en la familia, que definió casi una forma de existir y de crecer. Como treceavo nieto en la lista de edades, yo me ubicaba justo a la mitad, fui el pequeño de unos y el mayor de los demás, además de ostentar el nombre del patriarca, honor que comparto con otro de mis primos menores. Entonces soy doblemente privilegiado por haber vivido esos dos ámbitos de la historia familiar. Por mi aspecto lechoso fui apodado como “el menón”, y como mayor de los pequeños, encargado de los aspectos empresariales en el interior de la familia. Fui mago, empresario de lucha libre (y luchador, desde luego), instalé una convincente Casa de terror, un dizque cine y espectáculos de animales. El negocio consistía, no tanto en las entradas, pues muchas veces los hacía en el patio y no escaseaban los gorrones que se subían a sus techos para ver, sino en la venta de dulces para nuestros distinguidos clientes.

Mi universo comercial tenía nombre y apellido, compuesto por mis primos hermanos: los Portillo, exceptuando a Javier, que era mi ayudante, mis clientes eran Rosalinda y Juan Carlos, los gemelos; Alfredo, Juan Carlos y Gilda; los Grajeda: Jaime, Luis Enrique, Marisela y una pequeñísima Isis; los Rocha: Polo, Alberto y Raúl, que eran quienes más dinero aportaban por la generosidad de mi tía Nora y consumían varias bolsas de palomitas, vaso de Kool Aid y golosinas que vendíamos en nuestra surtida dulcería. A veces los Molina: Silvia, Humberto y Ricardo, que venían de Chihuahua. No podría decirse que mi universo de clientes era pequeño. “Javier, tres bolsas de palomitas en este rincón”.


Comentarios

  1. Me acabo de dar cuenta de que yo he oido esas historias desde el distante punto de vista de los primos grandes (mi papá y Jaime sobre todo). ¡Platícanos más!.

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  2. ¿Y dónde quedó el espíritu empresarial?

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  3. Fue apabullado por el espíritu intelectual, y ya vemos lo que resultó.

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