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Cobranzas


Mi paso por la burocracia fue algo extravagante. Primero ingresé a los 19 años a Telecomunicaciones (1977), oficina de Cobranzas, dos años después renuncié y luego de otros tres penosos años, volví a ingresar en un estado deplorable. Llevaba un hoyo negro en un diente delantero, no me podía reír. Iba en verdad derrotado cuando el señor Vargas se apiadó nuevamente de mí, el rebelde que le había renunciado. Mi paseo por la iniciativa privada no fue benigno, aunque la experiencia sí. Retorné entonces a la oficina de Cobranzas y, tras detectar un cúmulo de anormalidades en el rezago de las facturas –había servicios que tenían vente años sin cobrarse, otros que nunca se habían cobrado-, y el télex –que era el rey de nuestros servicios hacia 1980-, tenía un rezago de 24 meses.

En mi sección de Rezagos tenía archivadas miles de facturas que no se habían podido cobrar, comencé a escribir informes oficiales que turné directamente al subdirector Vargas, que me había regresado el empleo, pero pasando por encima de mi jefe inmediato, Felipe Romero, jefe de la oficina de Cobranzas. Se armó una discreta acción de emergencia. Tanto el rezago como mis cartas representaban un potencial escándalo en la prensa o en los corrillos políticos de la secretaría. Luego de analizar algunos de mis documentos, establecimos estrategias y nos propusimos limpiar el gallinero. Yo no tenía ninguna pretensión, más allá de limpiar un poco, pero los jefes decidieron que se creaba una oficina de rezagos y justamente me correspondía a mi encabezarla. Muchas gracias. Mi vida cambió desde el detalle de pasar de 3,800.00 a 23,000 mensuales de un mes a otro. Sí que era un cambio. Pero yo no pensaba en eso, acepté la oficina y me puse a trabajar a tiempo completo, pues había abandonado mis estudios de Diseño Gráfico en la UAM-X, me había quedado sin carro a raíz de un accidente, me había quedado sin novia, sin dinero, sin diente y no tenía ánimo más que de clavarme en algo muy profundo, como los archivos de Rezagos.



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