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Educaditos


Una de las grandes discusiones en México ha sido la educación elemental que debe recibir el pueblo. Desde el siglo XIX las inteligencias mexicanas se volcaron para dilucidar las formas y las modalidades en que el pueblo mexicano debería recibir, gratuita y eficientemente, la educación elemental. Dos siglos después podemos ver que faltó sustancia en esa discusión, pues la educación no sólo son escuelas primaria y secundaria, es una acción integral de los pueblos a favor de su superación humana. La educación no sólo son las letras, un pueblo es culto cuando se respeta a sí mismo; cuando se protege a sí mismo.

Luego de doscientos años de independencia es justo preguntarse sobre las cosas que se han hecho bien en la educación pública y las que se han hecho mal. Es cierto que las escuelas están en los rincones más recónditos de nuestra geografía, pero también es cierto que la calidad de la educación está supeditada a los engranajes que mueven una burocracia inmensa, gravemente enferma de corrupción y de política, cuya cabeza laboral, la maestra Elba Esther Gordillo, que infecta todo lo que toca, es la más clara y triste imagen de su situación.

El día del maestro, en consecuencia, no es un día para felicitarse de nada; mejor, es un día para pensar hasta cuándo los mexicanos permitiremos ese remedo de educación que reciben nuestros hijos, para que reflexionemos en las características que habría de tener un gobierno capaz de enfrentar los cacicazgos más nocivos que coartan cualquier intento por mejorar los destinos de la patria, los monopolios y duopolios paralizantes, las momias parapetadas en el poder por décadas hasta que los sorprende la muerte. Entonces nuestra educación, automáticamente, será mejor.



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