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Memoria y traición

Hace unas semanas, un anciano vino a la casa un día después de concederme una entrevista a retirar su permiso para el uso de sus palabras, pues según él me las había contado “como amigo”. Al pactar la entrevista yo le expliqué las razones y el destino de sus recuerdos: era una más de decenas que formarían un mosaico memorioso sobre la ciudad a partir de las historias individuales de sus habitantes en los últimos cien años. Me enterneció mucho Don Usted y para fortuna de ambos yo ya había trabajado su entrevista y estaba a punto de concluir la trascripción. Lo que más me intrigaba era: ¿qué creía Don Usted que me había dicho? ¿qué recordaba de lo que él consideró después como intimidades incómodas para ser ventiladas a la sociedad? Por supuesto, le aseguré que ninguna palabra, párrafo o recuerdo completo que él considerara incómodo sería insertado en mi libro, sin un segundo permiso de su parte, que en unas horas recibiría la trascripción en la que podía señalar aquellos párrafos que considerara inadecuados para su publicación. Pero que lo dicho, dicho estaba, y era tarde para desdecirse. Don Usted se fue más o menos satisfecho, dudando, no tanto de mí, que le daba tantas seguridades, sino de él mismo, cuya memoria inmediata lo traicionaba, pues no le era posible recordar lo que había dicho. Don Usted tiene 86 años de edad. Viene a cuento por el sainete develado por Carmen Aristegui respecto a una situación muy similar con el expresidentes Miguel de la Madrid, quien fue acorralado por la entrevistadora –en una cita formal, pactada y profesional- a responder con monosílabos preguntas insinuantes sobre un tema que los mexicanos adultos conocemos bastante bien sobre el otro expresidente, Salinas de Gortari y su corrupta parentela. Las respuestas de don Miguel desataron un pandemónium, y todos los que tienen algo qué decir lo gritaron a los cuatro vientos en las siguientes horas, y el día de hoy saturan los espacios de opinión de los llamados “medios” nacionales. Destaca la inmediata respuesta del propio Salinas de Gortari, muy en su estilo, donde, con la vieja estrategia de elogiarte para apuñalarte después, afirma tener mucho respeto por su antecesor para inmediatamente después poner un párrafo citado de “los medios” donde lo pone como lazo de cochino: senil, tembloroso, con lagunas mentales, sólo le faltó decir que el expresidentes de La Madrid también babea. Nadie lo ha dicho ni nadie lo dirá, qué ocurrió entre la publicación radiofónica de la entrevista de Aristegui y la triste carta de De la Madrid donde se desdice de lo dicho, transmitida anoche, pero es de suponerse que la memoria traicionera de uno fue amenazada por la memoria traicionera del otro, porque si bien, como todos sabemos, las oscuridades de la familia Salinas son un secreto a voces entre los mexicanos, hay otros kilos de secretos, ahora de la familia de los De la Madrid, que también sabemos, suponemos o al menos sospechamos. Es la memoria traicionera que recuerda, a quienes recuerdan, que los sujetos recordados también tienen, para sí, sus propios recuerdos.

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