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Todo lo que quería saber


Todo lo que quería saber sobre el sexo pero era muy pequeño para preguntar, me fue revelado por un niño llamado Chito Saito en una caminata de la escuela a la casa. Tenía seis años de edad. Arrastraba una mochila y me quedaban guangos los pantalones. Sorbí la nariz y miré la raya de la banqueta, recientemente construida en concreto, supe que había llegado el momento de la verdad. Chito Saito me habló del sexo sin pelos en la lengua, aunque con una gran cantidad de omisiones e incorrecciones. Lo que entendí era que los adultos –léase papá y mamá- “cochaban” en la cama mientras nosotros dormíamos. ¿Qué cochas hachían”, preguntaría mi abuelita de inmediato.

El conocimiento de Chito, basado en una ojeada a un libro encontrado en el clóset de sus papás, me fue transmitido con ciertas ambigüedades. El hombre metía su pilinguina en el ano de la mujer para hacer posible que los niños nacieran. Y si bien los hijos nacían así, mediante este acto, afortunadamente no me informó sobre ningún detalle de cómo daban a luz las mujeres -léase mamás-, pues hubiera sido difícil interpretarlo. Concurrieron en mi cabeza algunos mitos que me duraron hasta casi entrada la adolescencia, en las que aparecía yo haciéndole esas cosas a una niña de la que estaba secretamente enamorado. Pues sí, por detrás ¿cómo iba a saber que las mujeres tenían vagina?, aunque estaba casi seguro que no tenían pene. Esa primera gran incógnita de mi fugaz curso de sexología perduró mucho tiempo, pues tampoco era un tema que los niños trataran con ninguna seriedad, y en términos de comunicación sexual, en los siguientes seis años en la primaria mis conocimientos al respecto fueron más bien áridos y poco concluyentes. Aún tengo muchas dudas.

Una vecina de toda la vida le preguntó a mi mamá en la intimidad de la cocina sobre una duda que tenía: “nosotras que tenemos, Aída, vejiga o vagina”, la muchacha, además de esos dos órganos, tenía dos hijos y un desafortunado aborto. Empezó tarde su curso de sexología.


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