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El tango aquel


Durante semanas los lectores del mundo estuvimos pendientes de cada movimiento que Inglaterra hacía para responder a la ocupación del ejército argentino de las islas Malvinas, que el dictador Videla había ordenado ¿para qué?, nos preguntábamos todos.

Lo más obvio era la distracción obligada a una crisis bélica por sobre otra crisis más profunda y dañina: la económica, que tenía al pueblo argentino entre la espada y la pared –nunca mejor dicha esta frase, aunque la espada ahora era una bayoneta calada sobre los fusiles de los militares.

Por fin, este día de 1982 comenzaron las refriegas entre los dos ejércitos de desproporcionado poder. Los argentinos bombardearon un buque y mostraron batalla a los ingleses, pero al cabo de unos días, horas acaso, el poderío de la armada y el ejército británico aniquiló a los muchachos argentinos que, después nos fuimos enterando, pelearon sin equipo adecuado y sin comida, muriendo por montones.

Entre lo más escalofriante de esta breve guerra fue la presencia de un contingente mercenario de gurkas orientales que formaban parte del ejército de “su majestad”, a quienes les gustaba no sólo matar a sus adversarios, sino que los abrían por el vientre para comerse alguna de sus vísceras –creo que el hígado-, lo que aumentó la zozobra de aquellos jóvenes improvisados que resultaron ser los defensores argentinos.

En pocos días de aquel mes de marzo reinaba el silencio. Todos, los dos ejércitos y sus gobiernos, los habitantes argentinos y los ingleses, los lectores del mundo, los periodistas, los gobiernos, los institutos internacionales; la gente, pues, estábamos avergonzados.



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