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El teléfono en México




Este día de 1876 Alejandro Graham Bell patenta su aparato telefónico en el Centenario de la Independencia norteamericana celebrado en Filadelfia que no impresionó mayormente a la concurrencia, pues si hoy funciona más o menos, entonces era poco menos que una broma. Por tal motivo, sus inicios fueron lentos y poco espectaculares. Dos años después el teléfono de Bell llegó a México, el 30 de diciembre de 1878 el gobierno otorgó el primer permiso a Alfredo Westrup y Co. para instalar una pequeña red telefónica en la Ciudad de México. Aquí tampoco causó ni expectación ni se esperaron grandes cosas de él. Entre las pocas opiniones públicas que se vertieron resaltó el pesimismo sobre el nuevo sistema al que se consideró oneroso e inútil. La pequeña red comunicó seis comisarías con la Inspección general y a ésta con la oficina del gobernador de la ciudad.

Puede parecer sorprendente esta actitud del público metropolitano. Un sistema maravilloso como el teléfono sería despreciado sólo por un pueblo de sordomudos. El hablar con propia voz de un sitio a otro -en lugar de los lacónicos y fríos signos telegráficos- donde puedan reconocernos por el simple timbre de la voz; su inmediatez, eficacia, alcance, son sólo algunas de sus cualidades. Sólo que todas son modernas.

Cuando empezó, la telefonía era un grupo de objetos reunidos con cierto arte, más que con el criterio utilitario posterior. Tenía uno que gritar y repetir varias veces el nombre propio para ser reconocido, lo que raras veces ocurría. En general, los usuarios quedaban con la sensación de que no era su novia con quien se habían comunicado, sino con la tía de ella, la temible Doña Cholita.

Trece años después, la norteamericana Bell Telephone Co. de Boston compra un contrato celebrado con M.L. Grenwood para la explotación del servicio público en la Ciudad de México. Mientras tanto, ni el Estado ni los particulares mostraron demasiado interés por el servicio telefónico hasta que, a finales del siglo, el teléfono comenzó a dar muestras de cierta eficacia. Las importantes inversiones de la poderosa Bell, así como la sucesiva modernización de sus equipos convencieron tardíamente al público mexicano de las ventajas del teléfono. La Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, advertida de ello, comenzó tímidamente una posible red federal de telefonía que compitiera con la red de la empresa norteamericana, pero, tanto en equipo como en líneas construidas para 1900 tenía, frente a ésta, una severa desventaja.

La Bell Telephone contaba en México al iniciarse el siglo con 3,065 teléfonos particulares que daban servicio en 18 ciudades del país. Y al estallar la Revolución, habiéndose introducido la compañía sueca Ericsson en 1903, contaba entre las dos transnacionales con 12,491 teléfonos abonados a sus sistemas, en una veintena de ciudades mexicanas.

El deseo del gobierno de poseer una red federal de líneas telefónicas no fue realidad sino hasta muchos años después. El 23 de diciembre de 1947 nace la empresa Teléfonos de México, S.A. de capital mexicano, que fusionaba las instalaciones de aquellas extranjeras, y no fue sino hasta el 16 de agosto de 1976 cuando el gobierno federal estuvo en condiciones de convertirse en socio mayoritario de la empresa. Dicen que más vale tarde que nunca, aunque para las administraciones de gobierno 98 años quizá no signifique "tarde" sino "después". Hoy lo sabemos, volvió a privatizarse.

Bueno, pues todo este despapaye comenzó el día de hoy en Filadelfia.
* Fotografía periodística de publicidad de la Cia. Ericsson en Puebla.





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