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Sobre la tristeza


El cieguito, 1926

Había un señor que todos los domingos iba a pedir limosna enfrente a la iglesia de San Agustín, un cieguito que iba y se ponía así, de rodillas, donde se ponía una como almohadita y se iba caminando de rodillas, así llegaba y así se iba, y a mi me gustaba verlo desde enfrente, me sentaba en el zaguán a estarlo nomás observando, cuando llegaba, nomás lo estaba esperando, y cuando ya se iba, se iba cantando unos cantos muy hermosos, católicos. Entonces, cuando ya se iba, me ponía yo a llorar, de que ya se iba. Entraba corriendo con mi mamá “ya se va ya se va”. ¿Quién se va? “El señor ese”. Me ponía yo a llorar, de verlo como se iba así, despacito, cantando esas alabanzas. Sentía una tristeza tremenda, como si fuera de mi familia, como si lo fueran a atropellar.
A mi madre no le gustaba que fuera a jugar al atrio de la iglesia de San Agustín, siendo que éramos católicos hasta donde no. (Don Rafael M. Serrano)



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