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La danza de Roman


La única vez que entré al cine sin que nadie recogiera mi boleto fue en 1979, cuando ingresé por un alto ventanal a través del vidrio. No traspasé el vidrio, claro, traspasé la ventana y el enorme vidrio quedó hecho añicos bajo las pisadas de la turba, milagrosamente indemne. El cineclub estaba a un lado de la UNAM, se llamaba el CUC y pertenecía a una orden religiosa que no recuerdo, pero que programó algunas de las mejores películas de mi vida. La tarde en cuestión exhibían La danza de los vampiros, de Roman Polanski, un director polaco con cara de niño que había visto como actor recientemente en una antiquísima película de Andrej Wayda llamada Paisaje después de la batalla, o algo así, sobre la resistencia en Varsovia contra los nazis. Ahí estaba Polanski muy jovencito.

La danza de los vampiros fue suficientemente satisfactoria como para anotar a Polanski entre mis directores favoritos y asegurar mi presencia en sus filmes subsecuentes (y los anteriores, pues La Danza fue su catorceava película), cosa que por supuesto hice, con resultados ambivalentes.

Nunca más pude ver la frescura de La danza de los vampiros, aunque sin duda disfruté de películas como Chinatown, El bebé de Rosmary, El Inquilino, Tess y El Pianista, entre otras que ya no recuerdo. Me entristeció mucho su situación legal derivada de la relación que tuvo con una adolescente, lo que le cerró para siempre las puertas de Hollywood y los grandes presupuestos. Todavía anda en esas, que si lo detienen, que si lo sueltan, que si ya es hombre libre.

Roman Polanski nació el 18 de agosto de 1933 en París, pero sus padres lo llevaron a Polonia muy pequeño al valorar que Francia no era un sitio seguro para una familia con antecedentes judíos. Así les fue. Con todo, hoy es su aniversario.



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