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Chente el contentito


Vicente Fernández festeja el día de hoy su natalicio observando el pasto de su rancho. Han pasado cincuenta años de que fue albañil, bolero, cajero, mesero, lavaplatos. Su corta educación de quinto año de primaria no le daba muchas oportunidades. Pero muy dentrito de su corazón, ahí donde se agolpan las cosas irreales, Chente sabía que guardaba un tesoro que sólo los platos escuchaban: una voz, algo bronca y desigual, que lo mismo sonaba a Pedro que a Javier, al Charro Avitia y en sus peores momentos a la mismísima Lucha Reyes. Y enjuagando platos, cantaba y cantaba.

Lo que hoy ve Vicente es su propiedad a 20 kilómetros de Guadalajara: Tres Potrillos, es un ranchote de 200 hectáreas de extensión y dos enormes mansiones; un lienzo charro, un lago, una capilla, establo y un canal de riego. Hay en sus corrales cerca de cien yeguas y ochenta caballos miniatura, la obsesión de Vicente; unas ochocientas cabezas de ganado Hereford, Brahaman, Limousine y Belgian Blue; una llama, cinco avestruces, dos venados y varios perros; también por ahí, tres hijos y varios nietos. Es la cosecha de un enorme trabajo, cuarenta años de trajín que el día de hoy Vicente observa reposado. Algo cansado.

Y entre campo y campo, perros y ganado, el viejo Chente, perplejo, piensa emocionado: el dinero no es la felicidad, pero como se le parece.



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