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El fin del virreinato


El 13 de septiembre de 1821 la pesadilla llega a su fin. Agustín de Iturbide, del ejército trigarante, y Novella, el virrey usurpador que destituyó a Ruiz de Apodaca y Juan O Donojú, se reúnen en la hacienda de La Patera, cerca de la ciudad de México, para celebrar un armisticio, analizar y aprobar los Tratados de Córdoba, aún no reconocidos.

Esta reunión finaliza la Guerra de Independencia; no obstante, los nuevos gobernantes del país poco o nada se diferencian del régimen español derrocado.

Iturbide, ante las innovaciones planteadas por el liberalismo, responde con ideas enteramente conservadoras.

- Es cierto que los diferentes bandos nos hemos reunido en torno a tres garantías que todos deseamos, pero ¿cuánto durará esta paz, general Iturbide?

- Las correas se estiran hasta que se rompen, oficial –responde Iturbide-. ¿Cuánto durará?¿quién puede saberlo? –tras una larga pausa, agrega– Por nuestra cuenta, se trata de defender a la iglesia de las reformas que amenazan hacerle, y defender las ideas católicas de… esa “contaminación’’ que emanan los filosofemos liberales. ¿Es fácil decir eso? No lo sé.

- Bueno, al menos tenemos el apoyo incondicional de las autoridades eclesiásticas…

Unos pasos se acercan.

- Habláis de nuestro apoyo sin mencionar el grado de entusiasmo con que defendemos vuestra causa, oficial.

- ¡Monseñor! No sabía que se encontraba tras el altar.

- Dios está en todas partes, hijo mío –responde el Obispo irónico. Tras una pausa agrega-: Pero decía del grado de nuestro apoyo hacia el general: los curas parroquiales presentan su movimiento como ‘una cruzada para salvar nuestra santa religión’’…’’ Y a usted, general Iturbide –agrega el Obispo con humor-, como un ‘nuevo Moisés’’… enviado por Dios…’’

- ¡El Señor me ampare, Excelencia!

- Pero eso no es todo, general –interrumpe el Obispo-. El propio rey español está muy interesado en nuestro movimiento. Podríamos decir que gozamos de sus simpatías.

Los Tratados de Córdoba, que concluyeron en la independencia de México y el ascenso de Iturbide al mando, trasladaron el poder de manos españolas a las de la oligarquía criolla, lo que ya fue en sí mismo un cambio importante.

Sin embargo, la regencia provisional, a la vez que prolonga el gobierno colonial en las personas de su último gobernante O’Donojú, su secretario Vázquez de León y el oidor Yañez, permite a la oligarquía criolla y al clero ‘colocar’’ a sus más altos representantes, tales como el propio Iturbide, Manuel de la Bárcena y el Obispo Pérez de la ciudad de Puebla.

El ascenso de Iturbide fue, en suma, el logro de todos los objetivos de las clases altas criollas que, manteniendo lo esencial del orden anterior, derogan las leyes que se oponían a su encumbramiento.

Los criollos afianzan su poder y, al mismo tiempo, conceden algunas de las reclamaciones de la clase media para ganarse su respaldo. Pero al hacerlo, fortalecieron también a la oposición.

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