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Agujas en la espina dorsal

A mis trece años Janis Joplin fue toda una revelación. Eran los tiempos del rock revolucionado de Led Zeppelin y las estrambóticas búsquedas de Deep Purple y Black Sabath. Había graves carencias culturales en un pueblo perdido en el noroeste de Chihuahua, pero la música llegó a tiempo; anónima, si se quiere, pues la escuchábamos en estaciones gabachas como Oklahoma City parqueados en alguna calle; alguna de San Antonio, Texas y por supuesto la XHORK, de “Juárez, México”, que era la única frase en español que transmitía esa emisora. El 4 de octubre del año 1970 la programaron de manera insistente; largos discursos en la presentación de sus canciones, desgraciadamente incomprensibles para aquellos muchachos que forzadamente hablaban el español. Igual, alguno de nosotros sospechó tarde o temprano la causa: Janis había muerto. Nunca imaginamos la causa, puesto que su vida era algo tan desconocido como irrelevante para nosotros, así como tampoco conocíamos su edad, 27 años, que en aquel entonces la hubiéramos asociado sin contemplaciones a la vejez. 

El músico Eduardo Manzano escribió una buena descripción de los extraños sentimientos que nos suscitaba la música de la llamada bruja cósmica: “Janis cantó una vez un blues, ya fuera a lo Billie Holiday o la Otis Redding o a lo Bessie Smith, lo cierto es que aquel blues herido nos hizo brincar hasta la punta de los dedos de los pies, que sus ondas salvajes excitaron nuestras células viscerales, sus desgarrados gritos subieron como agujas por nuestras espina dorsal y, arrastrándonos irremediablemente a la profundidad de su oscuro abismo, conocimos, ensordecidos por la osadía de la aventura, el clímax que la pequeña diosa del blues quiso para todos nosotros.” Será. 

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