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El muro


Tenía cuatro años cuando se inició la construcción del muro de Berlín y de más está decir que me pasó de noche. Era el año 1961 y los habitantes de Berlín vieron cómo de un día para otro se alzaba una frontera de concreto que con el tiempo se iría fortaleciendo y perfeccionando con acero reforzado y alambre de púas cada vez más temibles.

No recuerdo el momento en que fui consciente de la existencia del muro de Berlín, en alguna película del Cine Variedades, durante mi niñez. Huelga decir que tampoco entendí mucho de sus circunstancias, simplemente los vecinos de una ciudad alemana habían sido separados por un muro ideológico que representaba la acción física más significativa de la Guerra Fría (concepto tan difícil de discernir) en medio de los balazos de James Bond y toda la cauda de espías que surgieron del frío en las novelas posteriores a mi temprana juventud. ¿Qué tan fría era cuando se sentía tan calientita?

Muchos años después, muchos muchos, entendí el concepto político y estratégico del muro de Berlín, casi unas horas antes del 9 de noviembre de 1989, cuando millares de alemanes se arremolinaron en ambos lados para destruirlo con sus manos, ante la algarabía del mundo y los acordes infinitos de Pink Floyd.

Para entonces tenía un contexto que salpicaba hechos, fechas y nombres que le daban sentido a su derrumbamiento: doscientos setenta muertos en el intento de cruzarlo, Willy Brand y las manifestaciones; Kennedy: “soy alemán”; Alfa, Bravo, Charlie, los puestos de control; las heroicas evasivas, Reagan: “destruya ese muro”; “The wall” de Allan Parker; Mijail Gorbachov, su glasnost; el muro de la vergüenza, la renuncia de Honecker y la caída, la tarde de este día.

Caía un muro que separaba conciencias y voluntades, una loza entre las familias alemanas erigido por la Guerra Fría y sus intereses escritos en la roca, como en la Edad de Piedra.



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