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El día después


Como seguramente te ocurre a ti, las fiestas han sido la culminación exitosa de las semanas de mi vida, desde aquellas de 15 años de mis compañeras en la secundaria que se efectuaban en las pequeñas salas de sus casas, con una multitud de adolescentes conspirativos que esperaban el momento de salir a la banqueta a echarse de un trago alguna botellita de ron. Postriormente, en las bodas, aprendíamos a bailar.

Después siguieron las “universitarias”, ya en la ciudad de México, generalmente en casa de familiares y amigos que comenzaban al son de Beni Moré y la Orquesta Aragón y generalmente terminaban con guitarra en mano con canciones de Alfredo Zitarrosa y Carlos Puebla.

Alternativamente, por las mismas fechas, algunos de aquellos componentes éramos burócratas de alguna dependencia de gobierno. Yo, que era de telecomunicaciones, asistí a un par de fiestas que se llevaban a cabo en restaurantes oaxaqueños o marisqueños cercanos a nuestra dependencia. Ahí el estilo consistía en contar chistes durante horas y había compañeros y compañeras que eran verdaderamente buenos para hacerlo, lo que no quitaba un ápice a la vacuidad de la celebración. Y por supuesto, terminar en masa literalmente hasta atrás, después de libar mezcal toda la tarde.

Yo me he divertido intermitentemente en cada una de esas fiestas. Hay algunas inolvidables, en tanto que hay otras que definitivamente he olvidado. Lo encantador del horizonte festivo de estos seres humanos es su voluntad creativa por inventar nuevas formas de diversión, generalmente importadas de otras latitudes. Antenoche asistí a la primera fiesta karaoke de mi vida, tal vez la última. Y ayer al festejo sempiterno de una centenaria, que no podría ser más contrastante a la anterior.

La primera fue organizada por alumnas de la Sociedad de Escritores de México, capítulo Puebla, para celebrar las navidades y la culminación de su curso. Encantadoras como son, la mayoría frisando la edad de mi hija Luz, la tarde transcurrió con una música que me era completamente desconocida y en medio de conversaciones entretenidamente inocuas.

En el marco de un hermoso jardín, en un pueblo cercano llamado Cuautlancingo, tomamos unas copas de vino como preámbulo del festín culinario que ellas mismas prepararon: chicharrón en salsa roja, carnitas, papas con rajas y otras exquisiteces que degustamos con entusiasmo navideño. Poco alcohol. La sobremesa fue un cohibido cigarro y otra copa de vino que por fortuna me había encargado de llevar; la plática común, el eructo disimulado, la risa fácil, benevolente, cómplice de una conversación que dejé instalada en algún momento de mi vida y que había olvidado reiniciarla. Para mi decepción, fui el único maestro que apareció, el menos a esas horas de la tarde, pues me había hecho a la idea la ilusión de otras pláticas más literarias, por decir un tema.

Fue entonces que apareció un sistema, una tecnología desconocida para mí. Por supuesto había oído hablar del karaoke hace por lo menos diez años, pero nunca había visto uno en persona. Tecnológicamente se trata de una televisión que te va poniendo la letra de la canción que acompaña la música. El repertorio ya es cuestión de cada entusiasmo. En esta bella casa el entusiasmo era mayúsculo y tenían unos sesenta discos compactos de variada catadura, de Timbiriche a Juan Gabriel, pasando por Joan Sebastian, mariachi, Glenn Miller, Yuri, el Pirulí, etcétera, etcétera. Podríamos haber cantado las siguientes dos semanas hasta llegar al año nuevo. No contentos con eso, la casa “contaba” con un sobrino dispuesto a debatirse con las más potentes canciones de Vicente Fernández, que desde las preliminares agarró el micrófono con la grave amenaza de una prolongación sin cortapisas. Cantó y cantó. En el quinto o sexto cambio de género musical, cuando nuestro showman inició una estereotipada imitación del divo de Ciudad Juárez, el incansable Juanga, comprendí que era la hora de partir, pues no toleraba la idea de que el siguiente disco sería de Andrea Bochelli, no tanto por su música, sino por su posible imitación. Me despedí taciturno, con una imagen que tengo desde que asistí por única vez a una disotec: esas “modas” de diversión juvenil impiden la comunicación humana.

La fiesta de nuestra amiga centenaria fue previsiblemente sobria, aunque había alcohol a discreción. La festejada departió, comió y despidió a los invitados de la breve fiesta, de apenas dos horas y media. Es maravilloso ver como puede un ser humano alcanzar las alturas de un siglo en tan buen estado. Su hijo José Luis, mi amigo setentón, que de soslayo podría pasar por su hermano, me pidió a mitad de la comida que expresara el brindis oficial en su nombre, honor que me congratuló pero no dejó de inquietarme el resto de mi pierna de pollo. ¿Qué podía decir yo, que era poco menos que un colado en aquella fiesta familiar?

Mientras limpiaba el mole de mi plato con un pedazo de tortilla carburaba las primeras palabras de mi improvisado speech, que es la forma en que supuestamente organizo esta clase de apuros. Como percibí que yo era prácticamente el único con un saco de vestir, comenzaría con una anécdota familiar: el día en que mi hermano Jaime de doce años asistió a una boda en unas vacaciones en Río Grande, Zacatecas. Siguiendo las instrucciones de mi madre, se puso muy cuco el trajecito que había llevado por si se atravesaba alguna celebración que ameritara la elegancia. Al llegar a la boda ese niño completamente desconocido fue recibido con exagerada amabilidad. Cómodo como siempre ha sido, Jaime se dejó querer. La razón no era otra que, además del novio, Jaime era la única persona que llevaba un traje de vestir. Y se la pasó muy bien, como yo me la he pasado con ustedes esta tarde. Mi saquito elegante es la razón para que se me haya concedido el honor de dirigir este brindis a nombre del hijo de la festejada (que no por nada, fachoso como es, parecía que había dormido con su atuendo y no había tenido tiempo de cambiarse. Pero eso no lo iba a decir.)

En esas estaba, cuando media familia se levantó de sus asientos y se despidió a toda velocidad. Los músicos terminaron su función y en sesenta segundos desmontaron el breve equipo de sonido (“hey, el micrófono…”); en un santiamén, el salón quedó medio vacío, comprendí que sería ridículo intentar iniciar mi pieza de oratoria a esas alturas, fui a despedirme de la festejada y de su hijo y salí pensativo. En verdad no quería hablar, pero la expectativa me mantuvo nervioso la mitad de la fiesta.

Saldos modestos de mis posadas de fin de año. Un día después hay tan pocas cosas que decir.




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