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Palabras de honor


Hay arengas políticas que quedan grabadas en la historia, palabras inspiradas que impidieron algún atropello o algo peor, como aquellas que Guillermo Prieto usó en defensa de Benito Juárez cuando un piquete de soldados iba más que resuelto a darle chicharrón. La historia debe estar plagada de estos actos de heroísmo por desgracia desconocidos en su mayoría. Uno de ellos que afortunadamente llega hasta nosotros, es el que pronunció el presidente Manuel González con motivo de un amotinamiento que pudo terminar muy mal, pero que terminó muy bien, gracias a su valentía.

El 21 de diciembre de 1883, luego de que el presidente González decreta la acuñación de monedas de níquel, el pueblo inconforme de la sustitución de sus antiguas monedas se amotina. González no se arredra, y cojo y manco como era, baja personalmente las escaleras del palacio nacional para enfrentar como los hombres a los instigadores del desorden.

Me encanta la imagen de este hombre, ciertamente incompleta, que enfrenta con valor y determinación a los amotinados. Bueno, los enfrenta sobre todo con palabras, que en ese momento eran sus mejores armas, y tras explicarles con vehemencia las razones económicas y materiales de la sustitución de la moneda, así como la conveniencia de todos a que ello ocurriera, el mandatario fue enviado a su despacho en medio de vítores y aplausos.

Ahora que el presidente y muchos gobernadores no se atreven a enfrentar ni a sus diputados, viene a cuento la importancia del diálogo, pero sobre todo del valor, de la valentía y de la confianza que muchos personajes de la historia tenían en sus palabras. Palabras de honor, porque además tenían honor.



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