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El templo



El templo de San Antonio se quemó en 1961. No recuerdo cómo era antes, tenía cuatro años, pero puedo recordar el resplandor del incendio y la caída de una gran pared trasera; lo vimos cómodamente desde el jardín de la casa de mis abuelitos, que estaba enfrente, desde donde se tomaron estas fotografías.

Los siguientes diez años el templo estuvo en reconstrucción, toda mi niñez. Jugué en la construcción los siguientes diez años en los que conocimos la cantera y sus propiedades, pues había toda clase de lajas de cantera que uno podía levantar y llevarse a su casa, que olían a cal. El templo no tuvo puertas durante mucho tiempo, uno podía explorar los espacios y profundizar en la nave de estilo neoclásico, detrás del altar, la improvisada sacristía; lo que recuerdo es un edificio frío, húmedo que también olía a cal. Las palomas eran las dueñas de las partes altas, nosotros de las de abajo.



Tenía dos escaleras de caracol que llamábamos torreones, también estuvieron abiertos mucho tiempo. La parte alta era peligrosa, había maderos sobre precipicios, escalones de madera, sin embargo, entonces, aunque anduvimos muchas veces ahí, nunca ocurrió nada grave (hasta que ocurrió, pero no a nosotros). Pero lo nuestro era la parte baja, los recovecos, la casucha del cincelado, donde trabajaban unos hombres a cincel bloques de cantera de cientos de kilos de peso; no nos metíamos con ellas; las lajas en cambio eran para todos y en cantidades suficientes, eficientes como armas, que utilizamos poco pero oportunamente, y como materia prima para hacer figuritas esculpidas, mascaritas y monedas, que tampoco era nada sencillo. Perforábamos con clavos la superficie pero la cantera era un material demasiado duro y muy ensuciador de polvo blanco; terminábamos como esculturas de cantera y no te ganabas una felicitación de tu mamá, ni mucho menos.


Anduve por el templo todas las tardes de mi niñez, es decir, cientos de veces. Con los años se fueron cerrando los accesos al templo, siempre en construcción, un día de pronto aparecieron las puertas gigantescas; se cerró el templo; quedaba abierta la zona de los canteros, que un día terminaron su trabajo y se fueron, mucho después, cuando los torreones también fueron cerrados pero yo ya andaba en mi adolescencia, había visto suficiente del templo para frustrarme, acababa de descubrir el pueblo.

Un día, andábamos jugando en el pórtico abierto del templo, cuando escuchamos un grito aterrador, corrimos a ver. Un hombre joven se había caído del andamio en lo alto y estaba indefectiblemente muerto. Alguien fue a avisarle al cura, pero los minutos que tardó en llegar estuvimos observando al muerto. Una pequeña alberca de sangre se formó en su chamarra de mezclilla. Recuerdo sus ojos cerrados para siempre. Me dicen que hubo más muertos en esa construcción, pero este muerto fue nuestro muerto. Cuando llegó el Padre nos corrió de inmediato y se puso a darle los santos óleos al difunto. Siempre nos corrían del templo en lo más interesante.





















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