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Intriga virreinal


En los últimos días ha ocurrido una embestida mediática y gubernamental contra el cacicazgo de la maestra Elba Esther Gordillo; voces variopintas exigen la defenestración de su poder y la liberación de los maestros mexicanos para fundar o afiliarse a un sindicato de sus confianzas. La reforma fiscal del día de ayer, que manda gravar las colegiaturas como deducibles de impuestos, tal vez sea el preludio de un enfrentamiento mayor e inevitable. Acudamos a la memoria, no vaya a ser que les pase lo que al virrey Diego Carrillo que el 15 de febrero de 1624 no midió bien sus fuerzas para enfrentarse al poder del arzobispo Juan Pérez de la Serna, a quien envió a la cárcel por corrupto, desatando un levantamiento popular y una lastimosa huida del palacio virreinal.

El desastre no fue por falta de oficio político, Carrillo no era ningún principiante, fue noble español y entre 1621 fue virrey de Aragón y Virrey de la Nueva España, pero nunca esperó que el poder del arzobispo fuera tan importante. Cuando llegó a México se escandalizó con la cantidad de divorcios que el tribunal eclesiástico remataba al mejor postor, recogiendo valiosos regalos de los agraciados. La acción de la justicia se ejerció cuando Juan Pérez de la Serna insistió en subir el precio de la carne, además lo acusaron de monopolizar el maíz, se le abrió proceso legal y arzobispo huyó al convento de Santo Domingo. Sitiado en ese lugar, exigió inmunidad eclesiástica, amenazando con excomulgar a los jueces y soldados que lo acosaban. Se pidió la intervención del juez apostólico, que era el obispo de Puebla, quien conminó a Pérez a retirar las excomuniones. Las iglesias se mantuvieron cerradas con los clérigos apoyando a su autoridad, lo que desató una crisis política que sin duda fueron los días más malos en la vida del virrey Diego Carrillo.

Se determina enviar a Pérez a la cárcel de San Juan de Ulúa, Veracruz, aunque la intención de Carrillo era mandarlo inmediatamente a España. Preso, el arzobispo Pérez se mantiene en sus excomuniones y las amplía a todos los miembros de la Audiencia, además ordena a sus sacerdotes la organización de mítines en la capital con las arengas "¡Viva Cristo!" y "¡Muera el mal gobierno!". Los miembros de la Audiencia reculan y ordenan revocar la orden de deponer al arzobispo, pero el virrey los manda detener a todos por desacato.

La revuelta popular estalla el 15 de febrero de 1624, la noche en que se incendia el palacio virreinal, cuando la confusión de apodera de la capital de México y el virrey Carrillo de Mendoza y Pimentel se ve precisado a huir vestido de sirviente. El arzobispo Pérez de la Serna se había salido con la suya.

La historia termina con la intervención del rey, que rescata a Carrillo y se lo lleva a España como asesor; al obispo rebelde hubo que ponerlo en orden y fue removido de su cargo. La dificultad ahora es que ya no tenemos rey que mande poner orden, y el presidente muestra diariamente el verdadero tamaño de su poder.



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