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Las madres y los padres de la guerra


En 1991, el Irak de Sadam Hussein hace el oso de retirarse Kuwait, pues nos había hecho creer a los ciudadanos del mundo que los gringos harían el ridículo en caso de atacarlo y que se encontrarían a La madre de todas las batallas.

En aquellos momentos, mientras veía una fotografía de Sadam en el periódico, no pensaba en la guerra, sino en otra clase de afinidades, se parecía a mi tío Carlos, hermano de mi papá, y había con él mucha más correlación que con el viejo y transparente Bush, que preparaba su gran ejército de casi un millón de marines para una esperada invasión que llamaron La guerra del Golfo.

Por fin el 25 de febrero comenzó la refriega. Los iraquíes abandonaron sin pelear el territorio de Kuwait, pero quemaron los pozos petroleros. Las fotografías publicadas al día siguiente daban muestra de la barbarie ecológica y los rojos incendios parecían el preludio de la sangre que iba de derramarse.

Más pronto de lo esperado los iraquíes se entregaron con docilidad y escupieron el retrato de Sadam con picardía, los yanquis aceptaron la rendición y se regresaron a su casa. Si Sadam estaba contenido antes de la Tormenta del Desierto, ahora lo estaba más, pero lo dejarían seguir gobernando pues, en realidad, no afectaba sus intereses petroleros.

Veinte años después, las cifras oficiales de la Guerra del Golfo son sorprendentes: 30 mil muertos por Irak y 378 de la llamada coalición de naciones, condescendida por más de 30 países. El severo embargo impuesto a Irak fue la verdadera derrota de Sadam, que no volvió a levantar cabeza antes de que el hijo del señor Bush, en 2006, la hiciera rodar por las arenas del desierto.

Pero lo que recuerdo es que los lectores y televidentes de la guerra, en aquel febrero de 1991, nos quedamos sin un final convincente.



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