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Arbeit macht frei


El 26 de marzo de 1942, con la llegada de los primeros reclusos, los nazis abren las puertas de un infierno disfrazado de centro de reclusión que sería oficialmente inaugurado en mayo de ese mismo año: Auschwitz, emblema del horror al que puede llegar la inteligencia humana, que recibía a los cautivos con una frase engañosa: Arbeit macht frei (el trabajo te hace libre).

Construido por los alemanes a 40 kilómetros de Cracovia, en Polonia, Auschwitz constaba de tres campos separados, cada uno especializado en alguna versión distinta de presidio que confluían en un mismo propósito: el exterminio.

En el complejo Auschwitz se estima que murieron unos cuatro millones de personas en sus casi tres años de funcionamiento, la mayoría judíos polacos y del centro europeo, pero también decenas de miles de intelectuales y prisioneros comunes, políticos, excéntricos, raros, gitanos y homosexuales. Todo lo que cupiera en el amplio espectro de la intolerancia nazi.

Auschwitz era custodiado por unos 6 500 miembros de la SS dirigidas por Heinrich Himmler que, en su mayoría, sobrevivieron a la guerra, aunque sólo 750 fueron juzgados por sus crímenes.

En Auschwitz se llevaron a cabo los famosos experimentos “científicos” del doctor Mengele sobre genética y esterilización; se estudió la resistencia humana, la capacidad del cuerpo, la tolerancia del dolor, del amor propio, del hambre y del frío.

Es tan importante su simbolismo y tan contundente su horrorosa veracidad, que la Unesco lo declaró en 1979 Patrimonio de la Humanidad.



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