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Discutir la cultura

Una de las cosas positivas que resultaron de la polémica desaparición de la Secretaría de Cultura desde el inicio de la gestión de Rafael Moreno Valle en el gobierno del estado, y su conversión en Consejo, fue poner el tema de la cultura pública en la discusión política de Puebla. Ahora, el que se haya constituido un Consejo de Cultura no debe significar que la discusión del tema hubiera terminado, todo lo contrario, de hecho se abre un proceso de discusión sobre la cultura poblana que permanece hoy.

El nuevo gobierno del Estado anticipó que arreglaría la ex fábrica textil La Constancia con 200 millones de pesos para convertirla en “una fábrica de talentos”, con programas como, por ejemplo, un Centro Nacional de Orquestas Infantiles. Anunció que el Programa Pasaporte Cultural, con 1.7 millones, permitiría a los estudiantes acceder a los servicios y centros culturales del estado. Además, un museo de sitio de la zona arqueológica de Cantona.  A esos buenos propósitos sigue añadir la sustancia de esta discusión: la cultura poblana.

En aquella polémica se discutió mucho sobre la institución cultural pero no tanto sobre la cultura. Es decir, poniéndonos en los zapatos de un gobierno, qué es lo que puede hacer por la cultura social; cuáles son sus alcances, los planes culturales que se deben o pueden elaborar; cuáles son sus motivos culturales tradicionales, estables y coyunturales. Tantas preguntas que un gobierno puede hacerse.

El mejor enfoque para discutir la cultura en México es el realismo, lo que somos como sociedad, lo que tenemos, lo que creamos. Dicen los estudiosos que la cultura es la actividad lúdica de una sociedad, lo que le procura placer estético, que es formativa, que alimenta su civilidad y fomenta la convivencia humana. En Puebla se hacen presentaciones de libros, se abren cine clubes, numerosos eventos universitarios; están las ferias, la gastronomía, los conciertos; eventos escolares, exposiciones pictóricas, librerías; actividades teatrales, escultóricas, artesanales. La cultura de las calles de Puebla, sus cafés y restaurantes; la cultura del sol, del turismo cultural, el arqueológico, la historia colonial, la memoria colectiva. La cultura intrínseca en la belleza colonial de una ciudad como Puebla. Un gobierno democrático tiene como tarea cultural canalizar de la mejor manera sus recursos siempre exiguos para encausar las manifestaciones culturales que ya existen, reforzarlas, pues ellas representan nuestra cultura.

Un gobierno no puede inventar la cultura, su tarea es administrar la eventualidad cultural acondicionando espacios e invirtiendo en infraestructura como la ex fábrica La Constancia, sí, pero no podemos olvidar que Moreno Valle desapareció la agradable galería/museo del Centro de Convenciones. Promocionando y generando la discusión de los temas culturales, acercándolos a la sociedad; la labor cultural del gobierno se realiza cuando logra provocar reacciones, perpetuar, instaurar, repetir, y su posibilidad creativa y exitosa depende de distinguir los múltiples experimentos de la cultura local, la riqueza subyacente en la cultura local, esa que se genera sin necesidad de convocatoria, que surge en las casas, en la calle, en las escuelas, en las universidades; que sucede más allá de voluntades oficiales, lo que no quiere decir que no pueda haber obra cultural de parte de un gobierno. La historia muestra casos ejemplares de gobernantes creativos. Si un gobierno logra resolver cómo apreciar la cultura social, cómo evaluar la cultura de un estado como Puebla, habrá en consecuencia una obra cultural. Cuando la cultura es considerada como recurso social, como riqueza propia que hay que encauzar, divulgar y estimular, porque esa es nuestra cultura, la única que tenemos. No tiene que inventarse nada, aunque puede ayudar mucho en hacerla exitosa, en hacerla permanente; en hacerla mejor; sembrarla en los niños y los jóvenes, implementarla como un ejercicio de participación social permanente en las secundarias y preparatorias (imaginen revivir el teatro universitario, recuperar la danza en las escuelas, la música como materia opcional. Poner barro mexicano en las manos de nuestros niños de primaria y secundaria no es una tarea sencilla, desde luego, pero posible. En cinco años tendríamos una percepción diferente del arte, se crearían fuentes de empleo pero sobre todo se despertaría una estética largamente guardada por los mexicanos, recuperarían el barro en el que descansa buena parte de su epopeya histórica. Atreverse en serio.

La Ley que creaba el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla (CECAP)  de Moreno Valle buscaba  “democratizar las acciones de la cultura”, eliminar “elitismos” en ese ámbito y “desburocratizar el sistema”,  que son anhelos inobjetables y necesarios para una obra cultural. Se trata de crear un órgano sectorizado, una especie de contraloría social, compuesto por 35 personas, entre las que ya se cuenta a personajes con trayectoria como Fernando Viveros y Teresa Franco, que en reuniones periódicas discutirían asuntos culturales. Sinceramente me pareció más interesante un consejo  que discute que depender de las ocurrencias de un secretario de Estado.

Como sea, se debe partir por establecer que la cultura poblana es muy antigua y amplia. El gobierno tiene la oportunidad de interceder en el apoyo de proyectos culturales de ingente variedad. Tenemos comunidades –por aludir a un componente gregario– de teatro, de música y danza, pintura, literatura, barro bruñido y policromado, vidrio sopetleado, ónix, papel amate, alfarería, textiles, cerámica mayólica o Talavera; talabartería, cestería, palma, bordado en chaquira, figuras de piedra; además, como dije, hay cineclubes, presentaciones cotidianas de libros, conferencias sobre la historia, la literatura, las artes, la familia, la sexualidad. No es que se deba tener un plan para hacer una obra cultural, sino que se puede tener un plan para trabajar e impulsar esa cultura nuestra que está ahí, que no ocurre en Barcelona ni en Los Ángeles ni en Nueva York, sino que se halla y está viva en San Pablito, Zacapoaxtla, Xochitlán, Cuetzalan,  Tehuacán, Xicotlacoyan, Naupan, Huatlatlauca, Pahuatlán, Zacatlán, Huauchinango, Ixtacamaxtitlán, Chignahuapan, Hueyapan, Acatlán, Izúcar, Zapotiltlán, Zautla, Tenextatiloyan, Emilio Carranza, Atlixco, Tetela de Ocampo, Cuatempan, Xochitelpen, Tzicatlacoyan, Actempan, Cohuecan… y sus múltiples reflejos en la capital estatal, crisol de las artes y emblema de la poblanidad.

Tan solo en la artesanía poblana existen 30 mil artesanos especializados, más otros 120 mil que complementan la actividad artesanal con la agrícola. En el estado existen 5 mil productos artesanales divididos en 17 ramas ¿dónde están? Los agentes culturales en la ciudad (cultura, literatura, plástica, teatro) tienen muchas cosas que exhibir, que presentar, que vender; los jóvenes están ávidos de propuestas y son receptivos a ellas, basta con que sean económicas, interactivas y provechosas.

¿Cómo escuchar a los agentes de la cultura sin que implique grandes gastos que quite oportunidad a otras cosas? Distribuyendo su dinero, claro, pero sobre todo su influencia, su garante, su información. Tan solo con tener un órgano de difusión pulcro e informado sobre la cultura que sucede en la entidad o, al menos, en la capital del Estado, se haría una labor muy importante a favor de la cultura local.

Pero además, el gobierno de una entidad tan rica como Puebla puede sembrar en tierra fértil abriendo sus cauces mediante talleres experimentales, promocionando publicaciones, atrayendo actividades artesanales casi olvidadas, exhibiéndolas adecuadamente en la desperdiciada Casa del Artesano Poblano con su hermoso edificio del Siglo XVII. En la mayoría de los casos no se requieren grande inversiones, sino gestión, promoción, intención. Ahora, imaginen a 217 municipios reunidos alrededor de un proyecto.

 

* Texto publicado en La Jornada de Oriente, gracias, Aurelio.

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