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Eminencia poblana


Puebla, por sus características españolas, siempre fue ciudad de bibliógrafos, especialistas que dejaron tesoros de conocimiento que todavía hoy son de acceso público. Una de las referencias culturales más socorridas de la ciudad de Puebla son sus invaluables bibliotecas y fondos de archivo, como las famosas bibliotecas Palafoxiana y Lafragua y el Archivo Histórico Municipal.

El 23 de marzo de 1817 muere uno de sus más eminentes bibliógrafos, Mariano Beristáin y Martín de Souza, nacido en la propia ciudad de Puebla en 1756 y, como debe de ser, educado por los jesuitas en el Seminario Conciliar Palafoxiano. Ignoro las razones de que su nombre no denomine un lugar o institución importante en esta ciudad, pues sus méritos académicos y la importancia de su obra avalan cualquier reconocimiento, ya que don Mariano fue, además de sacerdote, doctor en Teología por la universidad de Sevilla, reconocido literato y poeta, además de funcionario eminente que ocupó cargos de rector, canónigo, arcediano, deán, secretario de Cámara y Visitador en las postrimerías de la Nueva España.

Hay alguna confusión respecto la filiación política de Mariano Beristáin, pues se ha llegado a afirmar que luchó desde el púlpito por la Independencia de México. No fue precisamente así, pues el canónigo fustigó con su pluma la lucha armada por la separación de España. Sin embargo, fue un insistente activista por demostrar que las colonias de España no estaban al margen de la cultura metropolitana y que el desprecio patente por sus intelectuales no tenía fundamento. No sólo lo dijo, lo demostró con su impresionante investigación llamada Biblioteca Hispano-Americana Septentrional que fue el soporte de la investigación histórica del siglo XIX y sin cuyo registro se habrían perdido los nombres de innumerables escritores mexicanos y americanos.

Singular personaje este Brinstáin. Cuando acabó de registrar las amplias bibliotecas de Tacubaya, Churubusco y San Ángel de la ciudad de México, siguió con las de Puebla, Tepozotlan, Querétaro, San Joaquín, Texcoco, Valladolid (Morelia) y Guadalajara, antes de morir este día a los 61 años, casi sin ojos, pero consciente de que su obra daría justicia a la pichicateada sabiduría de América.



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