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La suerte heroica


El 24 de marzo de 1829 nace en Bahía del Espíritu Santo, Texas, Ignacio Zaragoza Seguín, héroe indiscutido de una de las pocas victorias mexicanas sobre un ejército extranjero en los anales de la historia: la Batalla de Puebla de 1862, en la que el poderoso ejército francés fue incuestionablemente derrotado.

Zaragoza es un héroe atípico, donde la suerte, a mi modo de ver, tuvo mucha relevancia en su hechura de héroe. Para empezar, muestra una biografía vertiginosa. Es el único prócer nacido sobre la frontera actual de la república, aunque en 1929 pertenecía a México; militante liberal e indudable estratega militar, en 1857 lo vemos ganando batallas ante experimentados militares como Leonardo Márquez en Guadalajara; al lado de González Ortega en Calpulalpan, poniéndole fin a la Guerra de Reforma. Y luego, como si no hubiera opciones más solventes que este joven militar, ministro de guerra del presidente Juárez a los 31 años de edad.

Me pregunto qué hubiera pasado de no haber muerto unos meses después de su brillante victoria sobre los franceses. ¿Igual se hubieran llamado Puebla de Zaragoza, Coahuila de Zaragoza y Tijuana de Zaragoza? En 1862, la histórica victoria contra el principal ejército del mundo trajo aparejados otros acontecimientos menos afortunados en la vida de Ignacio Zaragoza. Muere su esposa Rafaela dejándole tres pequeños hijos en las edades más difíciles de imaginar (el mayor de cinco años); los franceses se reagrupan y se preparan para una nueva envestida militar, pero en eso, el 8 de septiembre de aquel fatídico año, Zaragoza muere de una fiebre tifoidea de 33 años de edad. Mala suerte para el ser humano, buena para el héroe.



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