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Vida newtoniana


El 20 de marzo de 1727 muere Isaac Newton, el más grande científico de la historia.

Cuando era niño pensé que Newton era un santo; en mi confusión sobre los conocimientos del mundo en aquella escuela de monjas, sus largos cabellos y la mirada luminosa que mostraba en una ilustración de mi libro de texto de tercer grado me permitió confundirlo con alguno de las decenas de santos que ilustraban otros materiales que circulaban por nuestras manos. No estaba tan equivocado, después de todo.

Mentiría si dijera que después de aquel primer encuentro con Isaac Newton, el estudio de las leyes de la gravitación universal y la mecánica clásica, de la naturaleza de la luz y de la óptica y el laberinto del cálculo integral y diferencial me permitieron comprender objetivamente la importancia del sabio británico; de ninguna manera, mi vida transcurrió en una suerte de vacío científico y yo me quedé con aquella primera imagen y lo único que alcancé a entender, siempre pálidamente, fue que Newton tenía una importancia capital en nuestra comprensión del mundo; un elemento crucial para entender de forma primitiva el sistema que rige el universo, pues fue él quien nos dio la herramienta, clave para las ciencias que lo siguieron, para entender por qué no salimos volando sin rumbo a las profundidades del universo. Newton puso nuestros pies en la tierra.

Mi interés humanístico me separó cada vez más de los detalles de su ciencia, pero esa comprensión me permitió entender el tamaño de su aportación a mi vida y a la humanidad entera. ¿Cómo no estar agradecido?



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