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El meollo, joven



A lo largo de una vida en México se conocen innumerables Cantinflas, hombres y mujeres. Gente de raigambre popular –aunque muchos venidos a más- que habla hasta por los codos para decir apenas un atisbo de idea, retórica florida de un lenguaje que quisiera decir más de lo que puede y de lo que debe. A bordo de taxis me he encontrado por lo menos a tres grandes cantinflas, pero en la política he conocido aún más. También todos hemos sido alguna vez cantinflas o hemos cantinfleado –calculo que en todo el mundo y en todos los idiomas-, por lo que el arte de hablar mucho sin decir nada lleva por nombre el apodo de este comediante singular muerto un 20 de abril de 1993.

La ilación de falsas ideas salpicadas de neologismos e inventos puros, motivados por el nerviosismo o el simple apantallamiento, fue una suerte de metodología que Cantinflas utilizó para sus desquiciados discursos. Conceptos inaplicables como “puntos suspensorios” en lugar de suspensivos, dieron los elementos para la fabricación de frases en doble sentido que en este país apreciamos de manera especial. No se le entendía mucho en el extranjero, menos en idiomas que no fueran español, pero el secreto de Cantinflas es que no se le entendía tampoco en México. Simplemente no se le entendía y punto.

Más allá de la comedia, Cantinflas es una metáfora fiel del discurso político mexicano, retórico y pretendidamente humanista, pero más falso que un billete de dos pesos. No es que no se quiera decir algo si no que, como él diría, usted lo que quiere es confundirme, o sea, para prevalecer la prevalencia se requiere de un significado, porque lo que se ha querido decir no se ha dicho, o se ha dicho pero sin decirlo ¿quién lo dijo, entonces? Nadie lo dijo, porque si lo hubiera dicho habría alguien capaz de decirlo, pero hasta donde se ve no existe ese individuo, joven. Es tanto como decir que nadie ha dicho nada.









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