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El jugoso Jack



El día que mataron a John F. Kennedy acababa de cumplir seis años de edad, estábamos en la cocina de la casa y escuchábamos un radio que estaba encima del refrigerador. Mi mamá lloraba (Aída lloraba con casi cualquier muerto que tuviera una mínima relación con su vida, y en ocasiones sin ninguna relación, como el día que se metió a una funeraria y lloró copiosamente al difunto; al rato descubrió que no era el muerto al que iba a ver, lloró otro rato, se despidió, entró a la sala de “su” muerto y volvió a llorar. Así era Aída. Pero a JFK lo quería porque periódicamente enviaba alimentos que llegaban por ferrocarril y ella ayudaba a repartir entre los pobres de Cuauhtémoc, además de que era guapo y joven, apenas siete años mayor que mi papá) y miraba el radio como si allí estuviera el féretro. Yo no alcanzaba a verlo, pero escuchamos emocionados unos jets que surcaban el cielo en homenaje al presidente asesinado. Sinceramente yo pensé que era nuestro presidente, todavía no acababa de comprender que nuestro país no era Estados Unidos, al que estábamos tan estrechamente ligados en nuestro estado fronterizo, sino un país del sur de los Estados Unidos que conocí después.

John Fitzgerald Kennedy nace el 29 de mayo de 1917 en la casa familiar de la calle Beals de Brookline, Massachusetts, segundo de los nueve hermanos, hijos de un traficante de licor que hizo su fortuna al margen de la ley en el periodo de la prohibición. No se sabe de ningún apodo profesional, pero probablemente le decían el Chapo K o algo parecido, pues sus influencias en la mafia le duraron algunas décadas y todavía alcanzaron para ayudar a su hijo a ganar la presidencia en los albores de los años sesenta.

Kennedy fue el primer presidente estadounidense que nació en el siglo XX, el primer –y único- católico en alcanzar ese puesto. Antes de ser presidente sobrevivió a un grave incidente en la Segunda Guerra Mundial, fue senador y finalmente venció a Ricky “El Sucio” Nixon en las competidas elecciones de 1961. El mito dice que es uno de los grandes mandatarios que ha tenido Estados Unidos, pero sus cuentas, antes de morir asesinado, no son completamente optimistas. Si bien consolida el movimiento por los derechos civiles que les otorga un nuevo estatus a los negros que todavía vivían en una suerte de apartheid, hace el oso de invadir a los cubanos en una desastrosa misión conocida como Bahía de Cochinos, se rezaga en la carrera espacial contra los rusos, a quienes además mira impávido construir el muro de Berlín; finalmente interviene en las primeras acciones de la guerra de Vietnam, que resultaría tan costosa a la humanidad. Pero su muerte violenta, cinematográfica y oscura lo reviste de un halo heroico que tal vez no merecía, pero que sucedió. Lo cierto es que su breve estadía en el poder estuvo signada por su popular matrimonio, con una esposa de abundante personalidad, sus muchas amantes -algunas célebres y otras con claros nexos con la mafia-, sus graves achaques de salud que mantuvieron en vilo a la clase política y sí, su magnética y agraciada personalidad que le daba un aire de rebelde con causa.

Jack, como le conocían sus cercanos, muere a la edad de 54 años a manos de un perturbado personaje, hábilmente manipulado por una combinación de intereses de la mafia y los servicios de inteligencia, que nunca pudo declarar porque lo mataron de inmediato. Previsiblemente, las investigaciones posteriores concluyeron (¿dónde he escuchado esto?) que, sin ninguna duda, Lee Harvey Oswald había actuado “enteramente solo” en el magnicidio. Como quiera, su historia, a la que asocian insistentemente con la leyenda de Camelot, ha sido una jugosa caja de naranjas que han estado exprimiendo durante sesenta años, con ganancias fabulosas, y no se ve el día en que la dotación de cítricos se vayan a terminar.






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