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La amargura de Juan



El 12 de Mayo de 1891 nace en Olinalá, Guerrero, Juan Andrew Almazán, un ubicuo personaje que rompe con Madero para unirse a Zapata, con quien se pelea, paro luego apoyar a Victoriano Huerta y combate a Carranza, vuelve con Zapata y termina uniéndose al plan de Agua Prieta de De la Huerta, Obregón y Calles, donde llegará a ser general y secretario de comunicaciones con Ortiz Rubio.

Sin embargo, a pesar de tantas aventuras, la parte más emocionante de su vida política la vive a partir de 1939, cuando ya había hecho fortuna como empresario de la construcción y del turismo gracias a los jugosos contratos que le adjudicaba el propio gobierno que él mismo componía, práctica común, por lo demás. Presuntos amigos que nunca faltan lo convencieron que lo único que le faltaba lograr era la presidencia de la república y que, con su dinero, sus influencias y su innegable carisma podría lograr convencer al presidente Cárdenas de que lo postulara. Cárdenas tenía otros planes, pero Almazán no se arredró y siguió adelante con sus propósitos para los que se creó un partido llamado Partido Revolucionario de Unificación Nacional y el apoyo del mismísimo PAN y del Partido Laborista. En ese momento era Jefe de Operaciones de la Zona Militar de Nuevo León, la guerra en Europa había estallado, todo mundo andaba nervioso e inquieto. Y la filiación ideológica del ubicuo Almazán era verdaderamente una ensalada de todos los colores, aunque la opinión pública –influenciada por el cardenismo en el poder-, tendió a ubicarlo más bien a la derecha, por su mensaje dizque liberal que decía combatir los extremismos y un que otro amigo nazi que se le conoció.

México ya había vivido elecciones muy violentas, algunas recientes, como las del movimiento vasconcelista había sido aplastado por el poder del Jefe Máximo apenas en 1930, pero la campaña y las elecciones de Ávila Camacho y Andrew Almazán en 1939 eclipsaron a todas las anteriores por su virulencia, salvajismo y desorden. Montones de muertos antes y durante la elección. El 7 de julio de 1940 unos 300 matones comandados por Gonzalo N. Santos, según narra el propio cacique potosino en sus insólitas Memorias, ametrallaron las filas de votantes en los bastiones capitalinos de Andrew Almazán; asaltaron casillas, embarazaron urnas con votos avilacamachistas, quemaron, corretearon y provocaron un verdadero pandemónium en la capital del país. El saldo: más de 150 muertos.

El panorama postelectoral no podía ser más sombrío. Pasó más de un mes para que el colegio electoral, que por supuesto controlaba el gobierno, diera el triunfo a Ávila Camacho con un porcentaje aplastante ¿quiénes eran los almazanistas? ¿alguien había oído hablar de un tan Andrew Almazán? Entonces no se usaban las protestas “pacíficas”, nada de cerrar Reforma como en 2006 o retirarse cabizbajo como en el 88. Andrew sopesó seriamente la lucha armada, midió sus fuerzas y su capital, viajó a Estados Unidos para sondear al gobierno de Franklin Delano Roosevelt y regresó muy triste por el resultado. Roosevelt apoyaría la decisión de Cárdenas, pues Ávila Camacho sería un aliado contra las potencias del Eje, como lo fue, mientras que Andrew Almazán quién sabe, era demasiado volátil y algo loco, como lo había demostrado en la Revolución.

Allí acabó la aventura de Juan Andrew Almazán, se fue a su casa y envejeció amargado, rencoroso y a la defensiva con quienes lo tildaban de cobarde y hasta de traidor. Hoy cumpliría 120 años y la rabia seguiría intacta, pero murió en 1965 a los 74 años de edad.






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