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Escándalo




El lamentable evento del perverso polimorfo francés, exdirector del FMI, incapaz de contener sus instintos ante el sexo opuesto, puso una vez más sobre la mesa el eterno efecto de la primavera en ciertos ejemplares de mamíferos insatisfechos, prepotentes y agresivos. Nos enteramos sólo de los muy famosos, pues el resto ocasionalmente alcanzan la nota roja de los diarios y los noticiarios o, en el peor de los casos, el inconfesable expediente familiar. Cuando son muy famosos, le llamamos escándalo, son escandalosamente caros, escandalosamente populares y cuando ocurre alguno, como ahora, no nos queda sino esperar el siguiente.

El primero de junio de 1962 Mónica Lewinski no había nacido, pero Christine Keeler era una atractiva bailarina de la noche londinense de veinte años recién cumplidos. A ella le toca protagonizar el escándalo, en este caso inglés, que cimbra el mojigato ambiente del partido conservador (tory) y acabaría ocasionando una cadena de desastres.

La relación amorosa de esta muchacha con el ministro de defensa británico, John Profumo, era un secreto a voces en algunos ambientes periodísticos y políticos del Reino Unido, pero la situación se salió de control cuando un amante despechado de la chica fue y balaceó la puerta de su casa atrayendo las miradas en el delicado equilibrio político de la guerra fría.

Para complicar más las cosas, entre los amores de Christine, además del ministro de defensa, estaba el agregado naval soviético, Yevgeny Ivanov, de quien se sospechaban actividades de espionaje. Para no hacer el cuento largo, el escándalo cimbró el sistema completo de la Gran Bretaña los siguientes meses con un histórico saldo: desde luego la renuncia del ministro Profumo, nueve meses de prisión para Christine por conspiración, el suicidio de un médico involucrado y la final renuncia del primer ministro Harold Macmillan por motivos de salud, pues le empezó a fallar el corazón. La estocada del evento ocurrió en las elecciones de 1969, cuando los laboristas se alzan con la victoria frente al desprestigio de los conservadores. Un polvo caro, ni qué decir.

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