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El paseo de la mudanza



El 15 de julio de 1867, luego de cuatro años de resistencia contra los invasores franceses y sus aliados mexicanos, Benito Juárez hace su entrada triunfal a la ciudad de México, de donde había huido para hacer una presidencia itinerante.

El camino de San Luis Potosí a la ciudad de México había sido glorioso. En pueblos y ciudades los habitantes tronaron cuetes y echaron la casa por la ventana para festejar el regreso de los republicanos. Por ahí se encontró a Porfirio Díaz, algo ladino con el presidente; frente a las costas amenazaba el inefable Antonio López de Santa Anna, que buscaba alguna coyuntura para meter su único pie, pero los gringos no se lo autorizaron, lo hicieron huir a Cuba.

La República había sido restaurada y Juárez llegaba a la capital cargado de deudas, de promesas y de esperanzas, esperando que el espíritu de las leyes prevaleciera en la caótica circunstancia nacional. Regresaba Benito a una ciudad que por cuatro años fue imperial; su equipo presidencial andaba a las carreras desimperializando el Castillo de Chapultepec para que llegara don Benito y lo sintiera lo más republicano posible, pero el presidente les mandó decir Juárez con gran visión: “No destruyan nada, todo eso es historia”.

Extrañaba a Margarita, no tenía ropa, quería ir al barbero, estar a la altura de las circunstancias en su nueva condición de gobernante indiscutible. Era urgente convocar a elecciones para darle legitimidad a su presidencia, que por supuesto iba a ganar.

La tarde de este día, con impecable traje y disimulando sus emociones, mientras se dirige al Palacio de Minería a dar su discurso de la república restaurada, cuando su carreta circula por “El Paseo de la Emperatriz”, le comentó a su acompañante, Sebastián Lerdo de Tejada: “esta gran avenida cambia su nombre por el Paseo de la Reforma”.

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