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El roto de Chile



El 8 de julio de 1538 fue ejecutado en Cuzco, Perú, Diego de Almagro, quien suplicó por su vida de forma no precisamente honrosa. Su propio ejecutor, Hernando Pizarro, se sorprendió de su terror considerando que venía de un hombre que había estado frente a la muerte en numerosas ocasiones: “Me maravillo que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte”, le expresó Pizarro, conminándolo a confesarse porque su hora había llegado.

Almagro tuvo esa extraña proyección que los moribundos tienen en los albores de la muerte; su vida pasó como una película frente a sus inexpresivos ojos desenfocados. El torniquete del garrote vil comenzó su trabajo de estrangulamiento desde la parte posterior de la cabeza. Almagro recordó a sus padres en su lejana Almagro, su villa en ciudad Real, España; su llegada a Perú; su amistad con Francisco Pizarro y su posterior rivalidad; la conquista del Cuzco, la ejecución de Atahualpa, su nombramiento como gobernante de la Nueva Toledo y el título de Adelantado en las tierras al sur del lago Titicaca. Y bueno, antes de perder la conciencia debido a la presión del torniquete que le perforaba el cráneo, su desastroso viaje a Chile, la ida gélida de las montañas y el retorno ardiente del desierto. No había encontrado oro, no había encontrado nada, excepto indios belicosos, bravos como los que más. Su viaje sólo sirvió para que se les inventara un mote ridículo: “los rotos de Chile”, pues fue esa la condición en que retornaron. En ese momento se extinguió la luz.

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