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El tren



El 4 de julio de 1857 se realiza la primera parte de un largo sueño que tenía la forma de un convoy de ferrocarril. Durante muchos años se estuvieron instalando toneladas de rieles de acero sobre miles de durmientes para darle forma a una fantasía que dejaba obsoletos a los carruajes de caballos y todas sus implicaciones: la lentitud, la incomodidad, la inseguridad. La entelequia prometía comodidad, rapidez y seguridad para la vida y los bienes de los pasajeros. Los habitantes de la ciudad de México podrían viajar al puerto de Acapulco en sólo un día sin dejar los huesos adheridos a los asientos, sin el zangoloteo inclemente de los caminos, sin el Jesús en la boca después de cada curva. En el fondo nadie lo creía “¿será posible, don Julián?”. Pues sí, por lo visto sí.

La mañana lluviosa de este día, el momentáneo presidente de la república, Ignacio Comonfort, inaugura la línea de ferrocarril México-Acapulco. Con precaución los asistentes comprobaron que “la cola” del tren no chicoteara contra la estación arrasando con todo, pero pronto vieron que el largo convoy caminaba ordenadamente sobre las negras líneas de acero en medio de un enorme estruendo de fierros, vapor y pitidos. Por el momento viajaría sólo a unos kilómetros de la capital, hasta la Villa de Guadalupe, pero de que era una realidad no había ninguna duda. El telegrafista de la estación avisó a través de sus sofisticados aparatos que el tren había partido. México ponía un pie –o mejor, unas poderosas ruedas de acero- en la modernidad.






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