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La deuda



El 14 de julio de 1918 nace el director de cine sueco Ingmar Bergman, para muchos el más grande realizador de la historia. Pongo mi modesto voto a esa opinión. Como cinéfilo, se es uno antes de Bergman y otro después de él. Debo confesar que su fama me llegó antes que su cine, de modo que cuando vi El último sello estaba algo prejuiciado y me pareció un poco acartonado. Fue cuando vi por primera vez Fresas Silvestres que caí víctima de su magia narrativa, de su capacidad de mirar hacia el pasado y el futuro a la vez, su especial manera de acercarse a la intimidad, a los enigmas ridículos de la vida y también a los insondables; el cine de Bergman, o mejor, sus personajes, refieren lo humano con una sensibilidad universal.

Yo pensé que habría visto buena parte de la bibliografía de Bergman, iluso. De sus sesenta películas, que comienza a hacer en 1945 (Kris), sólo conozco una decena que, en orden de satisfacción recuerdo, además de las dos mencionadas, Gritos y susurros, Fanny y Alexander, Pasión, Escenas de un matrimonio, Sonata de Otoño, Cara a cara, El huevo de la serpiente y no estoy seguro de De la vida de las marionetas. Hace algunos años leí su autobiografía: La flauta mágica, homónima de uno de sus filmes, que cerró un círculo en mi experiencia como seguidor y acólito de su sacramento. La experiencia completa de su cine es filosófica a la vez que artística. Cuánto debo a este hombre.

De no haber muerto el 30 de julio de 2007, el mismo día que Michelangelo Antonioni, Ingmar Bergman cumpliría hoy 93 años.

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