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Robocop mexicano



Tras dos accidentes de aviación bastante severos, como suelen ser esos accidentes para los que quedan vivos, el joven Emilio Carranza tenía tornillos de platino con los que le habían reconstruido el rostro. No era cualquier Carranza, hacía tan sólo diez años su tío abuelo, don Venustiano, había sido el jefe de la revolución y artífice de la Constitución de 1917 y, aunque había perdido la vida en circunstancias parecidas a la derrota, su obra política tenía ya un sentido republicano más que honroso.

Como sea, Emilio, que se interesó en la aeronáutica desde los trece años, obtuvo apoyos del gobierno y a los 21 era teniente piloto aviador de la Fuerza Aérea Mexicana, por lo que fue comisionado para las campañas del Yaqui, acompañado de su hermano, donde sufrieron justamente el accidente que le costó la cara.

En julio de 1928 el capitán coahuilense, a bordo de su avión México Excélsior, inicia un vuelo sin escala México-Washington. No llega a la capital de Estados Unidos, aterriza en Carolina del Norte, a sólo 90 kilómetros de su objetivo, donde igual le brindan un modesto homenaje.

Emilio Carranza no volvería a su país, el 12 de julio de 1928, sobrecargado su avión de combustible con el afán de hacer un viaje sin escalas, la aeronave es vencida por la tormenta derrumbándose sobre los campos de Mount Hally, Nueva Jersey. En esta ocasión, no había platino que lo reconstruyese. Tenía 23 años, seis meses de casado, toda una vida por delante. Sus restos, recuperados al siguiente día, se fueron derechito a la Rotonda de los Hombres Ilustres, aún cuando este hombre, sobre el papel, fuera todavía un adolescente aventurero. El primer Robocop mexicano.

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