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Flecha


El año pasado tuve el gusto de presentar a un escritor paraguayo en una de las sedes culturales del Ayuntamiento poblano, el Dr. Víctor-jacinto Flecha, un hombre bajito, de sesenta y seis años de edad, que inició su ponencia sobre la importancia de la memoria en los pueblos con la lectura de una decena de poesías en español y guaraní.

Una semana antes nunca había escuchado hablar del poeta y ensayista Víctor-jacinto Flecha, lo que no sólo era una vergüenza, sino una gran pena, pues en esos pocos días pude enterarme del significado que tiene en Paraguay este nombre. Sea en análisis político, social, cultural, económico, la voz del Dr. Flecha ha estado presente ahí desde la cárcel de la longeva dictadura, desde el exilio o desde su propia patria, a su regreso hace veinte años. Crítico hasta lo involuntario, el Dr. Flecha es ese tipo de personajes incómodos que son indispensables en nuestras incipientes democracias, pues de ellos emerge una voz sin miedo y con las bases suficientes para demostrar lo que hacemos mal, lo que se separa de nuestros intereses nacionales, lo que es caricaturesco en nuestras clases políticas. Y con sencillez, expresan lo que todos deseamos, que es transparencia, equidad, honradez, sentido común, búsqueda de progreso para nuestros pueblos.

La percepción del Dr. Víctor-jacinto Flecha sobre su país podría equipararse en muchos casos a la que una persona crítica tiene en México, Argentina o Perú. Implora por un poco de imaginación en la clase política de su país, la necesidad de rehacer algunas de sus instituciones; la artrosis paralizante que parece ser lo único evidente en los partidos políticos, que a pesar de su edad, como el Partido Liberal paraguayo con 132 años de existencia, carece hoy de ideología; políticos y políticas incapaces de construir instrumentos, de generar ideas, consensos, para no hablar de los abusos cotidianos de diputados y senadores; de los escándalos de los nuevos ricos… perdón, de los nuevos políticos, como la primera dama que instaló a toda la parentela en puestos que claramente no merecen, el embajador paraguayo en Chile y sus escándalos sexuales o los fallos surrealistas de la suprema corte de justicia. ¿Dónde hemos escuchado eso? ¿En que país latinoamericano no estamos cansados de las ocurrencias de nuestros políticos, de la indefinición de una política de Estado, de la soberbia, la presunción y el desplante de los clubes privados que se reparten el poder?; de los acuerdos internacionales de ganancias desproporcionadas, como ocurre en Paraguay frente a su vecino Brasil o el TLC en el nuestro.

En fin, éstos son temas que ocupan el talento y el tiempo del Dr. Flecha en su querida Paraguay, pero no los únicos temas, pues es un actor cultural atento al complejo entramado que articula la sociedad moderna. Se ha ocupado con la misma enjundia de los derechos humanos y los crímenes de la dictadura. Los resabios de aquellas violencias que viven todavía hoy, veinte años después, su calvario perenne. De los sin techo, de los sin tierra, de los operativos de seguridad que atropellan los derechos humanos, la deforestación del ecosistema chaqueño, la prejuiciada visión de la sociedad por lo intelectual: “promocionar el Libro en el Paraguay es hacer patria”, afirma. O de los jaloneos, la dejadez y la atonía que acompañaron los festejos del Bicentenario de la Independencia, de cuya comisión nacional fue miembro asesor.

Esperanzado, como todos, con el gobierno de Fernando Lugo, mas no por ello menos crítico, el Dr. Flecha habla de la mismidad, la busca, insiste en su histórica presencia; se trata de la versión guaraní de nuestro espejo de Tezcatlipoca, antónimo de la otredad, que es la distancia cultural, económica y educativa que tiene a nuestros pueblos postrados en algún siglo del pasado. Ahora lo imagino preocupado por la suerte que correrá Paraguay con el nuevo gobierno del señor Franco.

Fue un gusto presentar al Dr. Víctor-jacinto Flecha, sociólogo y politólogo. Licenciado en Economía política, Master en Ciencias Sociales y Doctorado en Ciencias Políticas por de la Sorbona de Paris. Viajero empedernido, la dictadura militar de Alfredo Stroessner le costó tortura, prisión y un largo exilio de más de tres decenios en países como Perú, Cuba, México y Francia, hasta el retorno a su país en 1989. Un abrazo solidario.

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