Pienso
que el ser humano está divido en dos entidades, la física y la espiritual. Cada
una tiene sus propias intimidades y rubores y asuntos ocultos que no estamos
interesados en mostrarle a nadie de ningún modo, por muy literario que sea. El
cuerpo está lleno de cosas inconfesables que preferimos no tratar en público.
Así, el olor a pies no es un tema recurrente en la literatura de ningún lugar,
aunque haya muchos personajes apestosos en medio de todo esto de la
introspección literaria; cuando experimentamos descripciones de lo que piensa
un personaje, nos metemos en sus asuntos personales.
Confrontamos
nuestra larga o corta experiencia en la vida y la plasmamos en la literatura en
forma de sueños. Escribimos que el personaje piensa y actúa como cuerpo
presente, es espíritu y cuerpo, que debemos combinar para que se esclarezca la trama de la novela.
Porque los personajes en primer lugar son los habitantes de la literatura. Solo
que son parte nuestra. Somos sus creadores y también sus reflejos,
condicionados por la pose que buscamos describir.
La
construcción de nuestros personajes debe de tomar en cuenta esa dualidad entre
espíritu y cuerpo e intentar describirlo. El ejercicio consiste en escribir un
relato sobre cosas inconfesables de los cuerpos. Hay tantas.
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