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Cultura popular


Por dos años consecutivos tuve el extraño privilegio de pertenecer a la Cacrep, que no es una empresa de croquetas, sino la Comisión de planeación y apoyo a la creación popular del Estado de Puebla, órgano de decisión de nuestra entidad que administra los recursos financieros del fondo estatal para el financiamiento de proyectos y programas, los procesos de los proyectos institucionales y del Pacmyc.

De acuerdo al documento que instala la Comisión se indica que “es un órgano único que planea, organiza, opera, instrumenta y administra los programas de aplicación estatal de la Unidad Regional, así como los programas de carácter regional o local que la Secretaría de Cultura considere convenientes en acuerdo con la Dirección general de culturas populares e indígenas”.

Yo era uno de los cuatro vocales emanados de la sociedad civil que votaban en la Cacrep, que además estaba constituida por representantes de la Secretaría de Cultura de Puebla, la Dirección general de Culturas Populares e Indígenas, la SEP estatal y el Municipio de la capital de estatal, dirigida por el antropólogo Gerardo Pérez, que nos hizo las invitaciones personales a cada quien. No se suponía que fuéramos unas lumbreras en cultura popular, pero sí que tuviéramos alguna experiencia en comunicación, educación o actividades artísticas, cosa que, a mi modo de ver, cumplíamos los ciudadanos reunidos.

La experiencia fue penosa frente a la abrumadora indiferencia y la falta de visión en el manejo oficial de la cultura popular que, al menos en Puebla, sobrevive en una oficina advenediza, sin recursos y sin planes. La oficina de la Unidad estatal de culturas populares estaba en la indigencia: 120 mil pesos anuales “para el financiamiento de proyectos y programas”, que sólo alcanzaba para simbólicas ayudas a grupos independientes que se acercaban a la delegación. La oficina carecía de computadoras, mantenía una carcacha y en esos dos años -2005 y 2006- ni siquiera tenía una oficina estable, por lo que los traían como gitanos de un sitio para el otro (con los hermosos edificios vacíos que hay en el centro de Puebla, propiedad de alguna de estas instancias) y Gerardo y su gente se comportaban como burócratas en fuga, inseguros, lejanos, incomunicados, casi escondidos.

Las reuniones no fueron periódicas, no era obligatoria la asistencia, no había una orden del día abierta, sino que Gerardo sacaba una muy burocratizada e inmutable, lo que nos ponía a todos en una situación de indefensión argumentativa. En esa versión de la Cacrep no se discutió ni sobre políticas públicas ni se tenía un criterio sobre qué hacer para beneficio de la cultura popular. Nuestra principal labor –y en realidad, la única- consistió en dar el visto bueno al programa Pacmyc, que es el encargado de otorgar becas anuales a proyectos de artesanía y cultura popular desde hace casi 20 años, que merece un comentario aparte.

Renuncié a la Cacrep cuando propuse una discusión sobre cultura popular que no fue ni atendida ni apoyada. Para ello elaboré un documento donde proponía las bases de una discusión, de unas veinte páginas, que no fue respaldado por Pérez y que sólo leyó una de mis colegas, la representante de la radio comunitaria de Cuetzalan. No sin exaltación, argumentaba a mis correligionarios lo conveniente de una discusión, abierta y propositiva, aprovechando nuestra presencia en un organismo social tan facultado, como la Cacrep, para señalar las deficiencias oficiales en la atención de la cultura popular. Había que plantearle a la autoridad escenarios y proyectos extraídos de nuestra presunta experiencia y hacer correr la tinta –y también los recursos, buscándolos- para ofrecer alternativas que impacten en los objetos e intereses que se mueven en torno al placer social, llamado cultura popular. Me extendía, eso es cierto. Pero nada ocurrió.

Hubiéramos podido hacerlo si hubiera otra clase de voluntad, si tomáramos la decisión formal de darle juego a las atribuciones legales de una instancia que reúne al conjunto de la sociedad para “planear y apoyar” la cultura popular en Puebla. Compartía en mi escrito el pensamiento de Stuart Hall de que la cultura popular no es el escenario para intentar atraerla “a nuestro lado”. Ahí no existen los lados. Pero me lamentaba de que una instancia como la Cacrep podía ser mejor utilizada, que los ciudadanos convocados podíamos tomárnosla en serio y proponer y operar ideas y programas que claramente aporten elementos a la llamada cultura popular, buscando un mejor respaldo financiero y el uso de la infraestructura –maravillosa- que tenemos en Puebla. Desde ahí, los gobiernos del estado y municipal, así como el sistema educativo reunidos en torno a la mesa, debían recibir de nosotros no solamente esa legitimación del presupuesto destinado a la cultura popular, sino ideas, desarrollos, motivaciones que promuevan la creatividad de los poblanos. Ir a la raíz, pensar en los niños, sembrar para el futuro. Yo, como podrás imaginar, proponía mi sobado proyecto de llevar barro a las manos de los niños poblanos, pero sólo fui recompensado con sonrisitas sospechosas.

En la última reunión, mientras leíamos cómo los consejeros electorales se autopremiaban con 450 mil pesos el sospechoso conteo de las elecciones federales, en la Unidad de Culturas Populares del Estado de Puebla votábamos el presupuesto anual para todo el estado de 120 mil pesos, cantidad que quedó después de repartir el Pacmyc. Aprobamos avergonzados ese simulacro de presupuesto y nos lamentamos de las miserias generales.

Volvería a pertenecer a una de esas instancias ciudadanas que existen en casi todas las secretarías. Volvería a tomármelo en serio e insistiría en que los ciudadanos convocados por la autoridad es mucho lo que podemos ayudar para alargar su cortedad de miras. Volvería a hacerlo porque creo que el numico futuro permisible en México es aquel que esté representado por la gente común, los ciudadanos, que despoje de su inmenso poder a una clase política y burocrática muy desgastada y acotada por sus propias paranoias. Deja tú que sea corrupta, en cuestiones de cultura lo que salta a la vista es la ineptitud, la componenda y el conformismo, incapaces de ofrecer alternativas.

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