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Morán


Cuenta Jorge Luis Borges en uno de sus maravillosos relatos, La inmortalidad: "yo no quiero seguir siendo Jorge Luis Borges, yo quiero ser otra persona. Espero que mi muerte sea total, espero morir en cuerpo y alma." Borges pensó que la transmigración del alma, "ciertamente poética y más interesante que la otra", la muerte, esa permanencia de seguir siendo lo que somos y recordando lo que fuimos, "es un tema pobre".

Estimado Morán, mi nombre es Morán y así ha sido a lo largo del tiempo, desde que nací hace cuatrocientos años en la ciudad de México, hasta el día de hoy, en esta larga travesía en que nos hemos embarcado sin destino específico, sin esperanzas y con pocas ideas sobre el devenir. Alcanzada la inmortalidad, la muerte ha pasado a ser nuestra única utopía. De ahí mi desesperado intento.

Lo que busco al comunicarme con usted, Morán, es que entienda mi situación. Por desgracia no se trata de una broma. Supongo que estas palabras lo convencerán de que está en sus manos resolver mi dilema. Si usted muere, como su naturaleza lo exige a sus contemporáneos, yo dejaré de existir, y esta carta no será sino una pieza de literatura popular que terminará perdiéndose en el tiempo. Si usted escribe en este momento tal y como le dicto, y aún así resulta increíble, si es razonable y decide quitar la oportunidad a la ciencia, está en sus manos resolver en el pasado lo que ahora es imposible siquiera reflexionar en el futuro: la impertinencia de una vida tan larga, la soledad de la inmortalidad, la estupidez científica de la recreación infinita.

Perder la noción de la muerte y sobrevivir en un estado de conciencia, conocer la abrumadora linealidad del tiempo, el interminable viaje, parecería la realización de un sueño que los seres humanos, desde los alquimistas, habían creído cierto y no estaban equivocados: la inmortalidad. De acuerdo, la hemos encontrado ¿qué podemos hacer entonces con ella, si somos incapaces de sobreponernos al individuo ingenuo que creyó que podía ser eterno, sin reflexionarlo?

La eternidad tendría sentido si pudiéramos renacer en nuevas identidades, no en esta monótona existencia idéntica. ¿Qué es lo que quiero decirle? Que yo soy usted mismo, que ha vivido cuatrocientos años con sus obsesiones y deseos casi intactos. Lo que quiero dejar en claro es que estoy cansado de ser Morán, el artista. Y todos a mi alrededor están igual, aunque me importan poco. Es mi condición individual, de perenne sufrimiento, la que me obliga a lanzar este grito en el tiempo. Mi situación me obliga a suplicarle, a rogarle que piense bien su elección a la hora de su muerte. Y nos salvemos mutuamente.

La oferta que recibirá cuando le quede apenas un soplo de vida parecerá tan irresistible que usted aceptará ser implantado. Cometerá un error. O debería decir cometeremos. Es cierto que es posible vivir otros cien años experimentando con el cuerpo y el espíritu, pero el avance de la ciencia le impedirá una segunda oportunidad, con el tiempo comprenderá que nuestra individualidad no tiene la suficiente presencia de ánimo para resistir una existencia tras otra, si esta es idéntica. Porque lo que se agota es la existencia, Morán, el contrasentido de despertar en cuerpos nuevos con el mismo nombre y las mismas expectativas, que es un recurso que se agota con rapidez. Lo trágico fue descubrir que no había marcha atrás. Hoy la muerte es imposible, el sistema nos recoge y nos coloca en un nuevo cuerpo en el que vuelve a despertar Morán. Per secula seculorum.

El universo de un individuo, como sujeto simple e idéntico, en unas cuantas décadas cae en una terrible monotonía existencial, los sueños se agotan, los deseos tienen límites muy cortos, el mañana deja de ser un anhelo y se convierte en una amenaza, en una condena. Y los placeres, al igual que el inagotable recurso del conocimiento, la famosa sabiduría, terminan por causar esta triste situación que ahora he intentado describir con los pobres recursos de su tiempo. Si mis datos no son equivocados, tiene veintinueve años para pensarlo, parecen muchos, pero no lo son. Lo saludo.

Morán



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