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Espanto, susto y muerte


Don Agripino Díaz fue convocado a la presidencia municipal de Tlacoachistlahuaca, Gro., para que lo entrevistara. No venía de muy buen humor, él era curandero, no artista. Es decir, él curaba, no daba entrevistas. Es un hombre entrado a los sesenta, de mirada sartreana y semblante hosco. Como todos en esta comunidad amuzga de la montaña viste de paisano, camisa a cuadros, pantalón y huaraches. Mi actitud amablemente inquisidora lo serenó un poco. Le pregunté las diferentes curaciones que hacía para niños o adultos. Don Agripino tardó en carburar:

“Mire, yo de curar sí, entre la religión católica… siempre hace eso a la persona que me educan, pues, pasaron los años de un muerto angelito o sea de persona grande. Porque eso tocante a eso, para hacer de una persona grande son aparte, aparte oraciones y aparte los cantos, pues, ya se nota que es persona grande y aparte de los angelitos, los angelitos que mueren, ya tiene otro canto y otra oración”.

¿Utiliza yerbas?

“Mira, nosotros curamos, pero los medicamentos ya vienen, crecen en la venta. Ya vienen en bolsista, la persona que voy a curar compra eso y con eso se hace el remedio. Ella lo compra y eso se hace molido, lo muele en el metate”.

¿Se compra en la farmacia, entonces? –lo interrogué consternado.

“Las hojas, entonces se vuelve con hojas de limón agrio, se hace la macita, o sea, que poquito se cuela y se la toma la persona, o sea, que se unte en el cuerpo. Yo, tocante de la planta, pues, ya es otra cosa, ya. Yo lo rezos son de Biblia, así, de la religión católica. No es cosa de meter cosas malas. Hay algunos curanderos que rezan las malas oraciones, eso quiere decir que son brujos. Es un brujo. Y la persona que cura rectamente la cosa de Dios es el curandero, nomás. Eso hago. Las enfermedades. Cuando la gente que llega a mi casa le digo: ´lleva a tu hijo con el doctor´, lo hacen, pero a veces regresan y me dicen que no resultó, ´me dio esto y me encuentro igual. Fui con otro mejor, ahí me dio otra cosa que ya me estaba matando, que tal vez ora vamos a buscar de otra manera´, entonces llegan a la casa.

“Que no creen las cosas del curandero, porque hasta sufren enfermedad, así es el matulín, que quiere decir que quieren tener algo de antojo, pues, resulta entonces la enfermedad de aquella persona. Y yo les digo, hagan esto, que quiere pollo o baoyote o chivo, tamales, eso es lo que van a comer ustedes. Es cosa de comida para todos ellos, ya después que hayan comido eso, le soplo al enfermo, es matulín y no se les hace otra cosa.

¿No da remedio?

“Si tiene espanto, entonces ahí ya se toma algo, pues. Si uno no sabe en qué parte se espantó, entonces nomás se cura en medio de la casa, en el mero centro de la casa, porque así, cuando es un espanto que no sabe uno, que no sabe dónde te espantó, ¿donde uno lo cura? En la casa, para que llegue al espíritu. Y si se espantó de otro modo, que hizo coraje, vio cómo están haciendo y se espantó haciendo corajes, entonces ese ya se le da el remedio que le estoy diciendo, una cosa amargosa, para que así se le quite el coraje; se le rocía con aguardiente, entonces ya le dice el nombre del enfermo, llamándolo, pues, se ve si la persona se espantó en lugar seco, en lugar donde hay lumbre o en la sombra; o está en el agua, en un lugar fresco, o se espantó de noche o se espantó de día… Bueno, todo eso exclama uno. Todo eso exclama uno. Cuando se asustan con un muerto es el más grave de todos, porque si no te curas de eso, usted agarra las locuras de su cabeza, a veces como ataque se cae, pero ese es espanto de muerto. O sea que la persona, que vio que mataron a aquella persona, o sea que ya está expirando, entonces pasa y agarra la sombra del difuntito, pues, entonces esa enfermedad ya se lo lleva, pues. Y si no sabe el nombre de la persona, ese nombre entonces se cura en el medio de la casa, porque no sabe el nombre”.

¿Y cuándo no tiene remedio, don Agripino?

“Ya muertos, cuando las personas han fallecido, ya no puedo hacer nada. Ahí nomás a rezarle, pedirle a Dios por su descanso eterno. Eso es lo que se hace con alguien que ya haya fallecido, ya no se le puede dar nada”.

Muchas gracias. “Ande pues”, responde don Agripino, muy contento de que se haya acabado la entrevista. Su casa no está cerca y ya pardea la tarde. Se despide de mano y se pierde rápidamente entre la muchedumbre que nos rodea en el Ayuntamiento. “Ande pues”, me quedo yo pensando, inseguro de haber sacado algo en limpio de esta entrevista.


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