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Eva


El 23 de julio de 1975 estaba a dos escasos meses de convertirme en mayor de edad. La vida era sonrisa, sorpresa y, sobre todo, promesa, pues a punto estaba de ingresar a mi segundo año de bachillerato –el último, por aquellos años, al menos en mi pueblo- y en doce meses estaría viajando a estudiar a la ciudad de México. Claro, con Antonio y Martha, mis hermanos que me recibirían con los brazos abiertos. Pero algo pasó ese 23 de julio de un año antes de mi viaje. Antonio y Martha nos tenían una sorpresita; naciste tú como una rosa en mar revuelto. No puedo negar que viví unos días de zozobra, pues ese nuevo ser podría acaso modificar el plan maestro de mi viaje. Aída regresó de México convertida en flamante y feliz abuela primeriza. “La niña” era preciosa, el nacimiento había sido precioso, los nuevos papás eran preciosos, la vida era preciosa. Con pelos y señales nos fue relatada puntualmente la breve odisea de tu nacimiento, pues entonces Aída gozaba de muy buena memoria y no se le iba moro con cabeza.

En diciembre de ese año “la niña” tenía nombre, una personalidad bastante definida y ya desde entonces había viajado más que yo, pues a esa edad ya había estado en el mar Caribe. Eva nos visitó en diciembre, obviamente acompañada de sus papás, pues a los cinco meses tampoco era tan precoz. Recuerdo que nevó copiosamente en esa visita. El “moisés” preparado para el efecto fue instalado en la cocina, el lugar más caliente de la casa, y por ahí desfilamos todo el familión a conocer la nueva adquisición.

Tenías el pelo color miel, la carita redonda y atenta y unos ojos que nunca negaron los aires de su genealogía oriental. Me fascinaste a secas. Si bien hacía ya muchos años no veía una bebé de cerca, ésta bebita no era cualquier bebé, se trataba de mi primera sobrina que, aunado a mi recién estrenada mayoría de edad, cerraba el círculo perfecto de mi adultez. Por si fuera poco, tus papás me ratificaron la ofrecida bienvenida al año siguiente, así que no había ningún obstáculo que empañara mi amor (sí, algo convenenciero y egoístamente juvenil, pero amor al fin).

El egoísmo juvenil, por desgracia, no es retórica fácil sino recuerdo lamentable. El 27 de agosto de 1976 llegué a vivir a tu casa en la Candelaria Coyoacán. Y es lamentable porque, a pesar de vivir los siguientes años como tribu italiana, mis nuevos compromisos de estudiante, novio, hermano, tío y empleado del gobierno me impidieron disfrutar de bien a bien ninguna de tantas cosas. La que más me puede es la del tío que hubiera querido ser y no fui. Pero estoy de acuerdo contigo, tampoco fui un pelmazo y, de tíos a tíos, los hay peores que yo. Tal vez la personalidad y eficiencia de tu padre me hizo sombra (lo recuerdo preparándote una mamila); el cuidado permanente de Eyeya y de tu madre (y de Olga, por supuesto) me hicieron prescindible. Lo único cierto es que mi recuerdo de esos años junto a ti es difuso, algo nebuloso. Aunque también, ni duda cabe, estuvimos juntos, hombro con hombro en el atiborrado carro de Agustín (ojalá llegue el viernes con una botellita), cuidando tus primeros pasos en aquellos parques –camellones, en realidad- de la avenida Pacífico, comprando el infaltable globo en Coyoacán, festejando cumpleaños.
Así pasamos muchos años en esa extraña democracia de esa casa en donde todos teníamos, más o menos, igualdad de derechos. Después llegó Julio a contrastar la paz pues, a mi modo de ver (o de recordar), tú fuiste adulta desde los tres años de edad. No recuerdo un berrinche, una necedad injustificada. Estudiante discreta y sorprendentemente eficaz. Todavía conservo una pintura de una serie que hiciste en esos años, la colgué en mi primera independencia habitacional, muy orgulloso. Volvía a la casa los fines de semana y te encontraba cada vez más grande. Acompañé a Martha a recogerte a la academia de danza de Bellas Artes. No eras aún una señorita pero sí lo eras. No eras demasiado mayor pero siempre fuiste grande, madura como una adulta. Tal vez por eso siento que fui tan poco tío, tal vez fui un tío normal, común y corriente, pero tu adelantada madurez me impidió desarrollarme como un tío corriente y común. En realidad eras mi prima, mi hermana, antes de ser mi madrina, que ahora eres.

Cerré los ojos y los abrí y ya eras universitaria; en otro parpadeo vivías ahora en los Estados Unidos; flip flop y eras doctora; flip flop y estabas en Tailandia; flip flop y recibo noticias tuyas de cualquier parte del mundo; flip flop ya estás casada, vives en Alemania. En cada vuelta una sorpresa, un regalo a la ciencia, al conocimiento, a la política, a los pumas, a la familia. En todo caso has sido fuente inagotable de sorpresas, con un apego persistente al amor, a la familia, a tus orígenes ¿cómo no estar orgulloso de todo esto? ¿cómo no querer gritarlo a los cuatro vientos en donde cada fin de semana te encuentras para que te cuiden y te traten bien? Afortunadamente no es necesario gritarlo, pues a donde vayas te tratan bien y te rodeas inmediatamente de gente que te quiere y protege. Es cierto, esta entrega está dedicada a ti, pero todo este blog está dedicado a ti, madrinita querida, lo escribo pensando en ti, riendo de algunas ocurrencias o arrugando las cejas extrañada. Esperando reacciones que, afortunadamente, llegan. Entonces mi abrazo es muy voluminoso, es un abrazo de palabras luengas y diversas, un abrazo de días y de meses, de temas, de dibujos, de creencias. Recibe un beso prolongado, abraza a Niv y pasa este cumpleaños que, por allá, hace muchas horas comenzó y, por acá, apenas estamos empezando.


Comentarios

  1. ¡Muchas gracias tío (ahijado)!. Fuera del regalo de mi marido (para que no se ofenda), tus palabras son lo mejor que he recibido el día de hoy.

    Y no, no fuiste prescindible, hay muchas cosas que no hubiera hecho o aprendido si tu no hubieras estado ahi. Sería otra si no hubiera pasado esos años cerca de ti.

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  2. Eva me acaba de platicar que uno de sus amigos argentinos, llevado por la curiosidad, se metió a tu blog y encontró tu mensaje. Desde luego, le encantó, pensó en escribirle para decírselo, pero le pareció absurdo y se lo dijo verbalmente cuando la vio enmedio de unas cervezas. Tenía razón, es una carta en la que se respira amor del bueno.

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