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La fantasía de la isla


La única vez que estuve en la cárcel fue en Cuauhtémoc, Chihuahua. Mis amigos me despedían porque al día siguiente viajaba definitivamente al sur. Ya habíamos tenido despedidas –digamos- más formales, por lo que ese 25 de agosto de 1976 se trataba del adiós verdadero, el final, pues no los volvería a ver en mucho tiempo. Esa noche compramos un cuartito de brandy y nos lo estábamos pasando de trago en trago, recargados en la reja de la escuela Leyes de Reforma. Ahí estábamos los cuatro silenciosos, fumando cigarrillos y pasándonos la botellita que ya iba en la mitad. En eso pasa una patrulla de la policía, despacito, observándonos desde el interior. Fue cuando Germán, en plan de broma, nos dijo “corramos”. “No”, alcancé a decir yo cuando Jaime ya iba tendido sobre la calle, Lencho se levantaba y Germán corría desaforado. Como pude me levanté y corrí también. Más o menos a una cuadra había una casa en construcción, cometí el error de meterme ahí. En unos cuantos segundos los policías estaban afuera de la casa iluminándose con una linterna. ¡En la madre!, dije yo. Tenía una gran ventana frente a mí, la atravesé como un rayo y salí disparado hacia los rumbos de la casa de Jaime. Mi intención era llegar ahí. Corrí unos cien metros y un joven policía atrás de mí: “Deténgase”. “Nuncamente”, pensaba yo. Creo que pensaba, porque los dos balazos me hicieron reflexionar en los alcances de la broma. Como tragedia era bastante idiota morir atravesado por una bala con tan mala puntería que me atravesara el corazón. Típico. Unos metros antes de la casa de Jaime me detuve, jalaba aire como loco y el policía que me alcanzó, también. Lo único que le pedí es que no me fuera a golpear. No lo hizo. Era apenas un poco mayor que yo, me tomó del brazo y me llevó hasta la patrulla, en cuyo sucio interior fui depositado para llevarme a la cárcel municipal. El cuerpo del delito: media cuartito de brandy, había sido recogido de la escena del crimen. Estuve diez minutos acompañando a cuatro borrachitos que se disponían a dormir en una esquina del frío galerón “Véngase, güerito, aquí le hacemos un cachito”. El comandante escuchó, aburrido, mi explicación sobre la broma de despedida que me habían hecho mis amigos. “Pos sí, pero ¿para qué corre?” Porque era parte de la broma, comandante. No le pareció divertida.

Mi experiencia en prisiones avala entonces la siguiente especulación. Tal vez merezca ser enviado a la cárcel por perogrullo, impertinente y hocicón, pero es algo que he venido reflexionando a raíz de las noticias sobre el hacinamiento de las cárceles del Distrito Federal y las principales ciudades de México que, de acuerdo a los especialistas, tienen un sobrante de 53 mil individuos que no se explican cómo están ahí. El gobierno, en su perpetua guerra contra la delincuencia, ha anunciado la construcción de 12 nuevos penales para el 2012 que probablemente otorgará en concesión a empresas particulares. Hablando de economía, no está el horno para bollos. En todo el país hay actualmente unos 215 mil presos de toda clase de delitos. Cada uno de ellos cuesta al erario 130 pesos diarios, lo que en números alegres nos arroja cifras temibles, pues estamos hablando de 27 millones 950 mil pesos diarios de manutención. Nunca he sido bueno para los números, pero la multiplicación por 365 me da 10 201 750 000.00, cifra que no estoy seguro de saber leer, pero eso cuestan nuestros presos cada año. La pregunta de Perogrullo es ¿por qué no usar las Islas Marías para depositar ahí a nuestros delincuentes, creando en su interior fuentes de trabajo, factorías, cultivos alternativos, etcétera, que no sólo no causarían mayores perjuicios económicos a nuestra castigada economía sino que, tal vez, hasta crearían riqueza. La isla María Madre es la que actualmente está destinada a cárcel y sus rudimentarias instalaciones tienen capacidad de recibir “hasta a tres mil internos”. Pero, por favor, no se trata de que estén más cómodos de lo que pueden estar los habitantes de cualquier Infonavit. Estamos hablando de 126 kilómetros cuadrados rodeados de aguas gélidas con abundantes tiburones. Pero la capacidad aumenta a 252.6 kilómetros cuadrados si contemplamos las cuatro islas que forman el archipiélago. Perogrullo cree que con edificios adecuados, tan altos como sea necesario, sería posible meter ahí a los 215 mil presos que inundan las instalaciones continentales. Pero, claro, no irían todos. A las islas mandamos únicamente a aquellos reclusos que, por el tamaño de su pena, merezcan la oportunidad de acogerse a un sistema productivo que le dará algún sustento a sus familias y así mismos en su larga condena. En Wikipedia se menciona que en 2005, debido a la abundancia de lo único abundante que tenemos en este país, se pensó en hacer algo en las islas Marías, pero es el único lugar en donde se ha ventilado esa idea, pues los doce penales anunciados están pensados para doce de nuestras sufridas ciudades. Comprendo que el asunto es mucho más complejo que algunos simples números y un par de ocurrencias, la desgracia es que el hacinamiento y la holgazanería de nuestros presos lo único que fomenta es el crimen desde los penales hacia la sociedad, en la forma de extorsiones telefónicas, manejo de bandas y privilegios inconcebibles. Además de que en este país todo lo hacemos por el lado más complicado, el más difícil, arriesgado e incosteable.


Comentarios

  1. Creo que el mayor impedimento es el derecho a visitas familiares. El viaje a las islas tendría que ser voluntario (como creo que es hasta el día de hoy). Estoy segura que de todas maneras varios miles de los presos optarían por ir ahi en lugar de estar en las cárceles actuales.

    ¡No conocía tus antecedentes penales!

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