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Me vale...


Nos apagaron el cigarro a los ciudadanos y ahora el café que solía tomar en el centro ya no sabe a lo mismo. “Prohibido fumar”, dice en cada una de las mesas, como un menú indeseable. “Imposible, nos cierran el negocio”, dicen los encargados. Cómo tomarme igual mi café de los jueves sin la compañía de un buen cigarro acompañado de mi amigo Pepe, o los sábados, cuando me tomo dos cervezas en su cafetería. La ausencia del cigarro es una medida que viene a modificar costumbres de muchas décadas de historia, de tradición, de recuerdos. Los ciudadanos tuvimos que ajustarnos a la drástica medida y llevamos dos o tres sábados aprendiendo a disfrutar del café y de la cerveza sin un sabroso cigarro. Es una nueva realidad que exige nuestro tiempo, es doloroso, trágico, contundente. Y la vamos a acatar, qué nos queda. Se necesita ser o haber sido un fumador para sopesar con alguna justicia esa pérdida, esa necesidad de encender un farillo para emitir una blonda rosca de humo gris y aromático. Y luego dar un sorbo al café. Tiene que ver hasta con la lucidez de la siguiente idea, la jalada al pitillo es el intervalo exacto para arropar a las siguientes palabras, la pausa de un raciocinio feliz. Aprender a pensar sin cigarro es una ardua tarea que no se explica fácilmente. Hay ahí un sacrificio que también es una pérdida. Y ahora hay que asumirla, obedecerla, doblegarse sin tacha a una nueva realidad. Que es por nuestro bien, dicen, que así sea.

Pero…

Ver la fotografía de Yazmín Rodríguez que publicó El Universal en la que el secretario Gómez Mont fuma su cigarrillo justo debajo de un cartelón que lo prohíbe es una triste y fiel imagen de la realidad que vivimos en México, no sólo por la impunidad de ver a un funcionario de su nivel fumando alegremente con la complicidad de la gobernadora de Yucatán, que me provoca cierto hervor de hemoglobina, pues si me pongo a fumar en el palacio de gobierno me sacan a patadas. Lo mismo me ocurre en cualquier lugar, me corren de la cafetería, del bar, del antro; lo que me conduce a expresar que la ley se aplica de forma discrecional, pero eso lo sabemos todos. El problema de fondo está en que el gobierno no se cree sus propias palabras, no tiene un verdadero compromiso con lo que pregona e impone al resto de los ciudadanos. No digo que los funcionarios sean intachables y que no tengan derecho a una vida tan disipada y permisiva como la nuestra, pero no pueden ser tan obvios y tan groseros como en el caso que exhibe esta fotografía: el Secretario de Gobernación fumando debajo de un cartelón que lo prohíbe, una triste imagen de nuestra realidad, del dilema de la ley en un país que no ha sabido aún cómo interpretarla. Aunque hacemos muchas.

Se hacen las leyes para violarlas, dice el dicho popular, pero el civismo de una nación justamente descansa en la congruencia de sus ciudadanos, empezando por sus autoridades. Y esta imagen nos demuestra que el civismo en México nos lo pasamos por el arco del triunfo a la primera oportunidad. Parece que no importa ya en este caos. En la Reunión Nacional de Procuradores de Justicia, en Mérida, se reunieron los hombres y las mujeres nombrados para hacer valer la ley, pero en este país tenemos un dichito que utilizamos sin demora: “me vale”.



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