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El botón de la camisa


“Si eres contratista, es obvio que por más sentido patriótico que tengas vas a legislar a favor de tus propios intereses. Por si no bastara que el presidente de la Comisión de Energía sea un contratista, resulta que el director de Pemex, Luis Ramírez Corzo, también lo es y pesan sobre él acusaciones de tráfico de influencias. Y también es contratista el director de la Comisión federal de Electricidad, Alfredo Elías Ayub, mientras que Fernando Elizondo, secretario de Energía, es un negociante. Esto está para ponerse a llorar. El hecho de que alguien participe en licitaciones de negocios en los cuales actúa además como autoridad o sobre los cuales legisla es, lisa y llanamente, corrupción. Y atenta contra los intereses nacionales”. (p. 234)

Las palabras anteriores, tristemente elocuentes, no pertenecen a un miembro de algún partido de izquierda, un delegado del Barzón o algún guerrillero en las montañas, sino a uno de los más destacados miembros del otrora superpoderoso partido revolucionario institucional, Manuel Bartlett Díaz, que en 2003 no pudo disimular su azoro ante la voracidad que los miembros del llamado partido del cambio mostraron cuando tuvieron la batuta de Pemex.

Aparece en el libro Camisas azules manos negras, El saqueo de Pemex desde Los Pinos, de la periodista Ana Lilia López, que la editorial Grijalbo ha publicado en febrero de 2010 y que a cuatro meses de su disposición brilla por su ausencia en los reportes periodísticos sobre las novedades editoriales. Bueno, yo reviso seis periódicos diarios y no he visto una sola mención a esta importante denuncia.

Este libro nos presenta con nombres y fechas, números de facturas, de contratos, de cheques las evidencias de un despojo que por desgracia una gran mayoría de los mexicanos sospechaban y que miles de trabajadores de la paraestatal han atestiguado a lo largo del tiempo: el uso de los puestos directivos de Pemex para el enriquecimiento inmoral de algunas decenas de familias relacionadas con el partido en el poder.

Para desgracia de todos los mexicanos, el ascenso del Partido Acción Nacional en el año 2000 no sólo no detuvo esas anomalías, sino que las incrementó con extremo cinismo y, por supuesto, escandalosa impunidad. Hablar de Pemex en las administraciones panistas es igual a corrupción: presidentes de la república que ordenan la asignación de contratos para beneficio de sus allegados, secretarios de estado que influyen en las asignaciones para sus empresas familiares y las de los amigos que financian sus campañas políticas, gobernadores que cabildean para trasnacionales, legisladores-empresarios, directores sobornables por los contratistas.

¿Quiénes? ¿Cómo? La tenaz investigación periodística de Ana Lilia Pérez no deja dudas al respecto. Están ahí los nombres propios de los delincuentes. Vicente Fox y la inefable Martitha y sus inefables hijitos, Felipe Calderón, César Nava, Juan Camilo Mouriño, Jorge Rubén Nordhausen, los hermanos Saint Martin, Rosendo Villarreal, Jesús Reyes Heroles Jr., el actual director de Pemex, Juan José Suárez Coppel, y decenas de personajes que tejieron el despojo alrededor de los contratos amafiados contra la paraestatal de todos los mexicanos, desfilan en estas páginas con sus tristes y patética sonrisas de impunidad. La danza de los miles de millones de pesos y de dólares nos enmiendan la plana en cada página a los empobrecidos mexicanos; anécdotas sufrientes, cinismo al por mayor son el retrato fiel de nuestra situación desesperada ante la evidencia de un país depauperado y unos políticos obscenamente ricos.

“Pemex de cada 10 litigios pierde 15”, le dijo con ironía un contralor de la Secretaría de la Función Pública a Ana Lilia Pérez. Y es que le faltan cuentas al rosario para contar la cantidad de tropelías. Cómo olvidar a Juan Camilo Mouriño, en representación de su familia, firmando contratos con Petróleos Mexicanos mientras presidía la comisión de energía de la cámara de diputados. Ivancar obtuvo más de 100 millones de pesos sin participar en una sola licitación y de que nunca fue verificada la capacidad técnica o económica de sus empresas. O a César Nava, como abogado de Pemex, con la aprobación, el cuidado y las órdenes del jefe Diego, en aquel escandaloso prevaricato que terminó en juicio simulado contra el Ayuntamiento de Coatzacoalcos a un costo de 241 millones de pesos contra la empresa que decía representar. La explotación de la Cuenca de Burgos por parte de consorcios extranjeros que no reportó un solo beneficio ni a Pemex ni a la economía local. A Juan Bueno Torio que se benefició desde la dirección de Refinación a Naviera del Pacífico, con contratos por 1 557 millones de pesos otorgados mediante licitaciones amañadas. Hasta la consideración de anécdotas pedestres, sucedáneas, folclóricas, que de no ser tan caras resultarían ridículas, como la que narra un testigo sobre Jesús Reyes Heroles Jr., siendo director de Pemex, que se bebió en exclusivo restaurante de Paseo de la Reforma seis botellas seguidas de Chateau Pétrus a un precio de lista de 50 mil pesos cada una. ¡300 mil pesos para el vino de mesa de ese día!

Camisas azules manos negras es un documento de investigación de lectura obligada a todos los mexicanos interesados en el futuro de su patria, para todos los entusiastas que desean que este país cambie, que mejoren las condiciones de pobreza, de marginación y de impunidad a que estamos sometidos millones de mexicanos. Bienvenida Ana Lilia Pérez con esta investigación de nueve años de trabajo; bienvenida esta clase de periodismo, esta clase de profesionales, esta clase de mexicanos.


Camisas azules manos negras, El saqueo de Pemex desde Los Pinos, de Ana Lilia López, Grijalbo, febrero de 2010



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