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La orfandad de las palabras


El ejercicio muscular para ayudar a la dicción del lenguaje es tan sencillo y eficaz que me gusta calificarlo de milagroso. Como merolico lo publicito entre los estudiantes de comunicación: es gratuito, es rápido, es espectacular, pues sus efectos puedes sentirlos desde la primera ejercitación. Tras la primera sesión de ejercicio, de sólo tres minutos, percibirás que tu lenguaje es mejor y más fluido, cambiando no sólo la comprensibilidad de tus mensajes sino tu personalidad entera, pues un idioma mejor expresado hará de ti una persona más completa y culta. Combate la timidez y el mutismo, te obliga a mejorar tu vocabulario, a agregar nuevas palabras a tu lenguaje, a desenvolverte mejor social y particularmente. ¿No es genial? Y sí lo es, quienes han seguido mi consejo, han pasado de una dicción parecida a la del Púas Olivares tan bien retratada por el malvado de Ricardo Garibay en Las glorias del gran Púas, a la de un locutor de la televisión que, sin ser luminosa es al menos competente. Y algunos han logrado obtener trabajos… de presentadores de televisión.

Pues bien, esta técnica existe hace 23 siglos gracias a un señor griego que a la sazón era tartamudo, Demóstenes, elevado a la santidad (patrono de los oradores) porque descubrió por accidente que, poniendo piedritas debajo de su lengua, mejoraba sensiblemente su defecto. No sólo se le quitó lo tartamudo, Demóstenes se convirtió en el gran orador del ágora ateniense.

Luego se perfeccionó el ejercicio con el descubrimiento del lápiz, que es el ejercicio que yo recomiendo: pones al lápiz atravesado horizontalmente en tu boca y lo pegas hasta la comisura de los labios (hazlo a solas, porque babeas), lees durante tres minutos diarios y verás resultados desde el primer día.

Ignoro si fue este mejoramiento de la técnica lo que deprimió a Demóstenes hasta el suicidio, o tal vez porque nunca pudo pronunciar correctamente el nombre del diádico Antípatro, su mortal enemigo. Lo cierto es que el gran orador decidió terminar con su vida el 10 de noviembre del año 320 en Calauria, dejando huérfanas a las palabras.



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