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Saldos revolucionarios


La Revolución no fue un acontecimiento feliz o memorable para nuestra familia, como debe ocurrir en centenares o miles de familias mexicanas. Ya he contado como se le achaca a Pancho Villa la muerte de mi bisabuelo Hilario Rocha, padre de mi abuelo materno, también del lado de mi abuela materna, Luz, los recuerdos revolucionarios dejan una cauda de desgracia y desasosiego, aunque no tenga el dato de ningún muerto.

A diferencia de los Rocha, que eran gente humilde y la mala suerte puso a don Hilario en el lugar y el momento equivocados: un tren atacado por villistas, los Bustamante tendrían más vela en el entierro de las causas que llevaron a los mexicanos a matarse entre sí, llamada ahora Revolución. Los Bustamante eran hacendados, potentados, “dueños de vidas y hacienda”, como se expresaba entonces. Y en la región de Yoquivo, en la Sierra de Chihuahua, si alguien merecía ser combatido por un movimiento social que luchaba por reivindicaciones y contra el abuso de los ricos, esos eran los Bustamante. Ni qué alegar.

Mi tío Mario descubrió muchos años después, ya con la casona de Yoquivo abandonada, sentencias de muerte firmadas por Pedro Bustamante, el papá de mi abuela, que era la ley en muchos kilómetros a la redonda. El hacendado odiado y temido que la gente pobre veía pasar por sus ranchitos en sus enormes caballos. Muchos se agolpaban a la vera del camino porque, de acuerdo a su cambiante humor, en ocasiones don Pedro tiraba monedas a su paso, las regalaba como un rey que alivia el hambre momentánea de sus súbditos. Contra esa clase de caciques fue que se ensañó con mayor rigor la Revolución, los que no supieron acomodarse a los vientos cambiantes, pues Friedrich Katz ilustra cómo en la región de la Laguna y en Coahuila muchos hacendados se hicieron fuertes con sus peones y defendieron sus haciendas con las armas y las voces populares que no deseaban ningún cambio. No fue el caso aquí. Por lo visto nadie defendió a los Bustamante.

Mi abuela Luz recordaba la triste imagen de su abuelo Chuchú sentado en el porche de su gran almacén, que era una típica tienda de raya, desolado e indefenso ante la rapiña de un bando o del otro que arrastraba todos los artículos de su necesidad: cobijas, calzado, aguardiente, después de haber diezmado sus cuadras de caballo y haberse engullido sus vacas y sus reservas de animales domésticos. Nada quedó después de la hecatombe. Los Bustamante huyeron a la capital del Estado y de aquellos hacendados de poder infinito quedaron sólo seres citadinos medio acomodados, con las propiedades que pudieron salvar en la ciudad.

Conocí a don Pedro Bustamante cuando tenía unos nueve años de edad, era un viejito transparente y pequeño con el cerebro enmarañado por el alzheimer, o tal vez sólo obnubilado por sus noventa y tantos años de edad. Estuvimos en su casa y por supuesto no reconoció a su hija Luz ni a nadie de los pequeños desconocidos que la acompañábamos. “What is your name?”, me preguntó. “My name is…” y le dije mi nombre, pues mi mamá nos había aleccionado sobre esa manía.

Yo no sabía nada de la Revolución, ni de Don Pedro, ni de Yoquivo, ni de nada. Era un niño ignorante de que la lucha armada que festejábamos todos los años en ceremonias ruidosas en la escuela había golpeado a esa rama familiar hasta casi desaparecerla.

* Fotografía de Pedro Bustamante caminando por la Avenida Libertad de la ciudad de Chihuahua.



Comentarios

  1. Según yo, ya lo había comentado, lo que había puesto es que me conmovió mucho, Polo de verdad me conmovió hasta el tuétano, éste escrito y el de Odio a Villa, un abrazo

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  2. Mafa:
    Según yo, ya me habías conmovido, harás que se me rueden las lágrimas. Gracias por tu comentario.

    P.

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