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Filisola Solovino


El 27 de diciembre de 1822, el flamante emperador Iturbide comisiona al general Vicente Filisola (en la imagen) para ir a Guatemala y El Salvador a proteger su anexión a México. Como sabemos, ni lo uno ni lo otro, pues casi todo salió mal.

Una historia singular la de este Filisola, que llegó como miembro del ejército español en 1811, donde se acomodó al lado del brillante militar realista Agustín de Iturbide. A pesar de no ser español, sino italiano, no dudó ni un momento en hacerse mexicano al declararse la independencia de este país, siempre bajo la sombra protectora de Agustín. Por eso, cuando se declara emperador de México y las “provincias” centroamericanas se agregan como súbditas, excepto El Salvador, que declara la anexión como ilegítima, envían a Filisola a que “convenza” a los porfiados salvadoreños por medio de las armas de la conveniencia de anexarse al nuevo imperio mexicano.

En los siguientes dos meses hubo algunos combates en las regiones de El Guayabal y de Guazapa, y aunque los salvadoreños sacaron la peor parte, se negaron una y otra vez a aceptar su anexión al tembelque imperio de Iturbide. Con todo, Filisola logra ocupar San Salvador el 7 de febrero de 1823 y declara anexada la provincia ¡Cómo de que no!

Casi un mes le duró el gusto de haber cumplido las órdenes de su emperador, pero el 5 de marzo se da cuenta de que ya no había un emperador, Iturbide abdicó el 19 de febrero y salió por piernas del país, por lo que Filisola agarró sus chivas y al día siguiente abandonó el territorio salvadoreño. Tenía que regresar a México a acomodarse en la nueva situación.

Cual diputado del siglo XXI mexicano, rápidamente alcanzó posición en la nueva realidad republicana. La siguiente noticia que tenemos de Filisola es en 1833, cuando Santa Anna lo comisiona en la campaña militar para impedir la independencia de Texas. Como sabemos no lo logró, aunque se mantuvo fiel a las órdenes de Santa Anna hasta el día en que éste fue defenestrado, cuando pasó a obedecer al sustituto de aquél, José Justo Corro, de cuya campaña militar no salió muy bien librado, pues fue acusado de traidor y de cobarde. Tal vez la primera acusación tuviera visos de verdad, pero no la segunda, pues este aguerrido militar italo-hispano-mexicano si bien no era muy fiel a sus principios tenía los pantalones muy bien puestos. Se defendió como gato boca arriba y fue exonerado dos años después de las acusaciones.

Finalmente, volvemos a saber de él en los eventos de la invasión yanqui a México de 1848, cuando Filisola se encarga de una de las tres divisiones del ejército mexicano, con la misma suerte que en sus campañas anteriores. Es decir, ninguna. La batalla final de su vida la perdió contra el ejército de gérmenes del cólera que azotó el centro del país en 1850, entonces ya no pudo acomodarse en el bando de los vencedores (los sobrevivientes) y murió sin pena ni gloria.

Curioso el caso de este activo militar que no alcanzó a nombrar calle, ni pueblo, ni nada. Si no hubiera muerto de la peste aquella tal vez sería hoy diputado por el PT o Convergencia; quién sabe, quizás embajador en algún país centroamericano.



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