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Rius y el pueblo



A principios de los años setenta, en Cuauhtémoc, Chihuahua, era fiel lector de los Agachados de Rius y de todos sus libros –de lo poco que llegaba a ese lejano rincón del norte mexicano-, fue mi verdadera y única formación intelectual en aquel arenal. Rius, tan didáctico y tan dogmático, fue una buena primera influencia para aquel adolescente pueblerino. Los Agachados llegaban los jueves al único puesto de revistas, la “librería” de la familia Meuchel (no tengo idea de cómo se escriba el apellido alemán, lo pronunciábamos Muégel), que era la agencia de periódicos donde, si no te ponían trucha, se acababa. Compraba un ejemplar de Los Agachados y me iba a la casa a leerlo de cabo a rabo. Los temas de Rius eran políticos y culturales, de las lejanas y desconocidas URSS y China, a la cercana y desconocida Cuba revolucionaria; Marx para principiantes, Lenin idem; problemas coyunturales como el gas, como la iglesia mexicana, el petróleo, el cardenismo o para resolver incógnitas indispensables de la adolescencia como la sexualidad.

De Rius aprendí que existía un lenguaje político opositor al PRI, que en los años setenta todavía lo era todo, mandaba en todo, se comportaba como un partido y como una agencia de colocaciones y como el organismo rector en donde todo se decidía; en el PRI se jugaba el futuro, de algún modo todos pertenecían a él, dependían de él, hasta el PAN y por supuesto el PARM y el PPS, que era la supuesta izquierda, pues el PCM estaba proscrito. Rius me abrió los ojos a un lenguaje político de oposición, de izquierda, en muchos sentidos fue un ideólogo para la moderna izquierda mexicana que nació después con el PSUM.

Aquel muchacho que era yo recibía a través de las lecturas de Rius un vocabulario crítico y la justa medida de la permisibilidad; es decir, era un crítico con criterio polìtico, lo que hace a Rius un divulgador muy efectivo para esa época. Medido, pues. Se las arregló para que el PRI tuviera que tolerarlo, que aguantarlo. Por eso fue tan popular, porque era un hombre valiente y simpático que nos enseñó muchas cosas en aquella realidad priísta sin Internet, con una pobre televisión, muy pocos libros, cine popular, serranía, estrellas, marihuana; Rius resultaba una cubetada fresca de cultura condensada, con una visión más interesante que las Selecciones de la Reader Digest que era la otra revista que circulaba por la casa. La lectura de sus panfletos ilustrados me era suficiente para ser el más discutidor, polémico e “informado” de la clase. Gracias, Rius.

Cuando salí del pueblo en 1976 le perdí la pista, llegué a la ciudad de México y emprendí mi propio camino cultural con fuentes más autorizadas, lecturas universitarias y la inagotable (eso me parecía) literatura de la biblioteca de mi hermano. Ya no hacía falta Rius, había cumplido, y bien, su función con ese agradecido ciudadano. Nunca más, ni por accidente, volví a leer nada de Rius (miento, hace unos años apareció en mis manos el Kamasutra, no recuerdo nada de él); a Rius lo guardé en el archivo de recuerdos gratos, pues representa los alcances culturales de aquel jovencito que un día cortó su dependencia de ese material didáctico de fácil acceso, precio accesible y extensa y eficaz distribución nacional.

Lo vi hace unas semanas en el programa de Carmen Aristegui. Es chistoso ese Rius, simplón, lento de palabras, retorcido como un caracol sobre la silla, dubitativo, confuso y muy amable. Esa extraña personalidad aumenta mi estima por el divulgador y dibujante, aunque ya no lo lea.



Hace unos días inició una campaña nacional que se explica en su breve eslogan: Basta de sangre, que de inmediato tuvo un copioso rebote en las redes sociales y el periodismo mexicano. No basta, por supuesto, para detener el baño de sangre que ahora vivimos los mexicanos, pero expresa muy bien nuestra ansiedad y desesperación de que pasen los días y los meses y los años y sigan rodando las cabezas por las calles de México. Este bloguero se unió de inmediato a la campaña, no por la campaña en sí, reflexioné después, sino por Rius. Porque la iniciativa era comandada por este viejo comandante que tuvo los tamaños para decir lo que pensaba en aquellos momentos de intensa represión, intolerancia y doble moral que teníamos entonces. Y lo más importante: vivió para contarlo

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