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¡Viva Vargas!


Una de las lecturas más importantes de mi juventud fue La guerra del fin del mundo (1981), de Mario Vargas Llosa, que el día de hoy festeja su cumpleaños número 75 en un año lleno de festejos y asombro, pues como sabes ha ganado el premio Nobel de literatura.


Vargas Llosa es un escritor puro que nos ha regalado algunas de las mejores novelas de la literatura escritas en nuestro idioma, como La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1965), Conversación en La Catedral (1969). Pantaleón y las visitadoras (1973) y La Fiesta del Chivo (2000), entre muchas más. En un mal momento de su vida decidió incursionar en la política profesional, topándose con la pared. No porque fuera un mal político, sino porque no era político en absoluto, sino un intelectual formado en las ideas de izquierda de los años cincuenta y sesenta que, atento a la realidad, especialmente la cubana, huyó en cuanto pudo del templo de la izquierda dogmática para refugiarse en un liberalismo a ultranza, ganando toda clase de descalificativos, enemigos y partidarios reservados.


Lector atento de sus artículos y análisis políticos, sobre todo los que publica en El País español desde hace tanto tiempo, no veo en absoluto al Vargas Llosa reaccionario que nos quieren hacer ver sus detractores de la izquierda latinoamericana. Antes bien, lo que observo es a un hombre preocupado por las aberraciones de la política criminal de las dictaduras de todas las extremidades (es decir, izquierdas y derechas); un intelectual que no se conforma con respuestas retóricas y políticamente correctas, que exige hechos, que retumba ante la sordera, que nunca, ni por accidente, podrá callar sus sentimientos y su visión.


No siempre estoy de acuerdo con él. En una conferencia dictada en la Feria del Libro de Guadalajara el 28 de noviembre de 2005*, Vargas Llosa afirmó que en México “no hay ningún valor en el nacionalismo”, al que considera una ideología aberrante y “el gran obstáculo” para la democracia en América Latina. Esta afirmación, que ha repetido en diferentes foros, me parece apasionada pero irreflexiva, aún con su propia condición de peruano errante. Refleja la visión de un hombre que ha vivido demasiado tiempo en el llamado primer mundo, que tras sus numerosas decepciones ideológicas se convirtió en un francotirador ladino que dispara palabras, a veces afortunadas -como su famosa “dictablanda”-, sin reflexionar mucho en su objetivo. Creo que si hubiera ganado las elecciones de su país hubiera echado mano del nacionalismo peruano en un afán de aglutinar la esperanza de un pueblo adolorido en torno a su propuesta política y hoy no pensaría así. Ignoro cómo le hubiera ido y me congratulo de su derrota, pero el resentimiento posterior a su fracaso lo convirtió en un crítico sentencioso y brutal.


“El nacionalismo es una ideología colectivista que convierte en un valor el accidente más banal, que es el lugar de nacimiento de una persona, y hace de eso un valor y, en alguna forma, un privilegio”, afirmó Vargas Llosa, pero ¿no es acaso él mismo un valor nacional, ahora con su premio Nobel, creado a raíz de su nacimiento en Arequipa, Perú? ¿Eso lo convierte en un accidente banal? Yo considero que el nacionalismo, en su mejor lectura y práctica, es una ideología capaz de hacer florecer a pueblos sumidos en el subsuelo, como lo ha demostrado la historia en las postguerras, en algunos desastres económicos y ambientales, como el que ocurre hoy en Japón. También ha provocado guerras e invasiones, espantosos imperios y revoluciones, pero esa creencia en el origen, ese orgullo muchas veces insensato, ha hecho responsables a muchos estadistas y les ha proveído del apoyo social que requieren para cumplir sus metas nacionales. ¿No vendría bien que nuestros diputados y senadores, que el presidente y los gobernadores, pensaran alguna vez en México con ánimo y moral nacionalista, en su presente y futuro, en lugar de sólo ver por sus correligionarios partidistas y su peculio personal? Yo creo que tendríamos otro México si así ocurriera, si nuestros políticos pensaran en su país, en su nacionalismo, que es campo, urbanidad, economía, transparencia, cultura, y no sólo en el nacionalismo chato de las efemérides acartonadas de los héroes, los símbolos y la retórica funcional. Eso sí es nacionalismo barato. Y a eso se refiere Vargas Llosa, pero se lleva entre los pies las cosas positivas del sentimiento nacional. Me encanta Vargas Llosa y admiro su inteligencia creativa y sus perspicaces crónicas de viajes muchas veces convertidas en novelas, pero no es un político, o todavía peor, es un político frustrado.


”Yo estoy a favor de las ficciones, soy un escritor de novelas y nada me gusta tanto como las ficciones, pero las literarias –afirmó en Guadalajara-. Las ficciones políticas no. Son peligrosas, mentirosas, no hay una ficción más mentirosa que la de una identidad colectiva. Eso no existe”. Estoy de acuerdo, él es un escritor, pero las identidades colectivas están ahí, se llaman naciones, expiden pasaportes, otorgan nacionalidades, cosa que él comprende y aprovecha tan bien. Con todo, felicidades, Mario.


* Referencia: http://www.actualidad.terra.es/ 28.nov.05

El título ¡Viva Vargas! Es de un cuento de Woody Allen, Sin plumas, p. 93





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